El discípulo-misionero descansa anunciando el evangelio Décimo sexto domingo del año. Marcos 6, 30-34.

22 Julio 2018   1054   Opinión   P. Luis Alarcón Escárate
Columnista Diario El Centro P. Luis Alarcón Escárate
P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

“Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: <<Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco>>. Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato”.
El domingo pasado reflexionamos acerca de la tarea misionera de nuestra Iglesia de Talca. Una acentuación que viene siendo recordada por todos los papas de los últimos cincuenta años. Y que no es la conocida agenda pastoral que incluye la catequesis en todas sus expresiones, ni la semana misionera del verano. Antiguamente se hablaba mucho de las misiones en las casas patronales y todos llegaban a ella en carretones, a caballo o a pie, aunque viviéramos lejos. Y se daba una suerte de adoctrinamiento religioso que terminaba en una gran celebración de sacramentos. Todo concluía con una gran fiesta en la cual se manifestaba la alegría de haber sido “cristianizados”.
La tarea misionera hoy en día tiende a ponernos en la línea de ser hombres y mujeres que creen en el Señor Jesús y se hacen “discípulos-misioneros”, así con guion intermedio que lo hace leer como una sola palabra. Porque no cabe, para el seguidor de Cristo, realizar las cosas como funcionarios especializados y que responden según ciertas técnicas estandarizadas para todos los lugares.
El “discípulo-misionero” es alguien que deja en la historia que le toca vivir una huella de bondad, de servicio, de sanación, de esperanza, igual como lo ha hecho Jesús. La misión no lo cansa, sino que es su meta permanente, y es vivida en actitud de servicio y solidaridad especialmente con los más pobres y excluidos de cada rincón del mundo.
La misión no es rutinaria porque cada persona es nueva, es un mundo que conocer y me obliga a estar preparado para acompañarle en su camino de superar todas las carencias que pudiera tener en su vida personal. La misión sueña con un mundo que progresa utilizando todos los elementos que el hombre ha descubierto a través de los siglos para que se reciba la palabra, la salud, la alegría del evangelio.
Es por eso que me resulta muy importante este evangelio porque muestra el ánimo permanente de Jesús que no se cansa con la propagación del Reino: cuidado de las personas, anuncio de la palabra; es lo mismo en su vida. Por eso puede dejar un momento el justo descanso para compartir lo vivido con el inmediato testimonio de decir, esto es lo normal. Esto es lo que deben siempre vivir. Lo podíamos decir sentados en el pasto tierno del campo y lo podemos decir con el trabajo sencillo que realizamos.
El misionero puede descansar, pero no puede dejar de vivir a Dios. No puede dejar de ser el rostro amable de Cristo en el mundo. Eso siempre se le exigirá y se le recriminará cuando no lo viva.
El salir de esa permanente actitud de seguimiento del Señor provoca, como muchas veces lo hemos visto: caídas, infidelidades, abusos, apoltronamiento, encierro. Esas han sido las noticias dolorosas que hemos recibido en estos últimos años; el no mirar a Jesús nos ha llevado a pecar gravemente y a preocuparnos de la fama personal antes que servir a los que han sido víctimas de todas clases de pecado: pobreza, exclusión, desarraigo, explotación laboral, abuso sexual, de poder; etc.
Pidamos en este día, que volvamos a tener el corazón de Cristo, que podamos volver a la tarea misionera original, que nuestra mirada sobre el mundo y las cosas sea únicamente la mirada del cariño, del amor del padre o madre por su hijo, al cual nunca le haría daño.