El fracaso de la Walkiria

30 Julio   542   Opinión   Abraham Santibáñez
Columnista Diario El Centro Abraham Santibáñez
Abraham Santibáñez

Secretario General Instituto de Chile

Hasta 1944, hace 75 años, las walkirias eran unos seres de la mitología nórdica, sacerdotisas de Odin, a quienes correspondía decidir quién debía vivir y quién debía morir. Richard Wagner las elevó al altar de fieras bellezas, lo que calzaría más tarde con la imagen supernatural de los arios exaltada por el nazismo. Paradojalmente, la desafortunada conspiración del 20 de julio de 1944, en la que tuvo un papel protagónico el coronel Claus von Stauffenberg, originó una interpretación distinta. Al recordar el intento de dar muerte a Hitler la semana pasada, la canciller alemana Angela Merkel llamó a “cuidar su memoria para que las lecciones de la historia no se desvanezcan”.
Recordó también, en un acto conmemoratorio, que el “derecho a la resistencia” en defensa del orden democrático está contemplado en la Constitución alemana, aprobada cinco años después del final del Tercer Reich.
El atentado de julio de 1944 en la “guarida del lobo” (Wolfsschanze) en Rastenburg, fue solo uno de los múltiples intentos de sacar del poder al führer por la fuerza. Fue el que estuvo más cerca de lograr su objetivo, El estallido de una de las dos cargas explosivas colocadas bajo la mesa alrededor de la cual trabajaban Hitler y su alto mando, provocó cuatro muertos. Hitler, sin embargo, salvó prácticamente ileso.
Stauffenberg -tal como se ha detallado en la película “Operación Walkiria”- dejó el maletín con los explosivos en el sitio previsto y luego se retiró. Algunos de los conspiradores habían rehuido la responsabilidad de colocar la bomba debido a sus escrúpulos morales, ya que les parecía inevitable que murieran otros oficiales. Tras el estallido, a las 12.42, Stauffenberg regresó a su oficina en Berlín. Allí debía activar el resto del plan del golpe de Estado, confiando en que la muerte de Hitler permitiría que se sumara la mayor parte de las fuerzas armadas.
Debido a que Hitler no había muerto, lo que se confirmó cuando habló por radio, la conspiración colapsó de inmediato. Buena parte de los militares involucrados, incluyendo a Stauffenberg fueron detenidos esa misma noche y ejecutados. En los días siguientes fueron detenidos centenares -quizás miles- de sospechosos. Una nieta de Gustav Krupp, de la dinastía de fabricantes de armas, fue detenida porque su criada declaró que, el día anterior, había exclamado que Alemania sería libre cuando muriera Hitler. La acusación se diluyó porque en el tribunal le preguntaron por qué no había avisado a tiempo. La única explicación era que se trataba de una fantasía.
Según el historiador William Manchester, se estima que 4.980 personas fueron fusiladas, ahorcadas o murieron por la tortura en las semanas siguientes. Al mismo tiempo, otros cálculos elevan a millones las vidas que se habrían salvado si el atentado tuviera éxito.
El conde von Stauffenberg tenía entonces 36 años. Estaba casado y era padre de familia. En la campaña africana había perdido un ojo, la mano derecha y dos dedos de la izquierda.
Hasta hoy, tres cuartos de siglo después del atentado, pese a los homenajes, no ha terminado el debate acerca de los motivos de los conspiradores. Pero en el gobierno alemán no hay dudas. La recién nombrada ministra de Defensa, Annegret Kramp-Karrenbauer, sostuvo que los conspiradores fueron “soldados modelo que se levantaron contra la tiranía”.