Viernes, 22 de Junio de 2018
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Opinión

El “legado”

Ervin Castillo A.

Fundación Talca

Mal arranque de entrada. Renuncia forzada de varios subsecretarios, en áreas como Educación y Fuerzas Armadas. Así fue el comienzo del segundo gobierno de la Presidenta Bachelet, el primero de la Nueva Mayoría. El show de sus tres primeros y más connotados ministros de confianza: Eyzaguirre, Arenas y Peñailillo. Eyzaguirre quien pretendió bajar de los patines a los estudiantes (el tiempo dirá el daño a nuestra educación escolar), Arenas en su lucha contra “los poderosos de siempre” con una reforma que prometió recaudar lo que jamás iba a recaudar, y Peñailillo con su escándalo de las boletas y el financiamiento de la política.
Los “matices” del senador Walker, la retroexcavadora del senador Quintana, el constante ir y devenir de la relación entre la DC y el PC, y los operadores políticos entrando y saliendo como Pedro por su casa. Ese fue un esquema habitual del primer tiempo del gobierno y también el segundo.
Con posterioridad, conocimos del caso Caval, quizás el hecho que marcó para siempre a la administración de Bachelet, y que la sepultó definitivamente en todos los sistemas de medición. Más allá de un análisis jurídico, lo que más dañó al gobierno fue la falta de liderazgo de la mandataria, para tomar decisiones, y para separar la familia de la política. El realismo sin renuncia, el quiebre con el ministro Burgos, o el “cada día puede ser peor”, sí claro, si fue la propia Presidenta quien enarboló tan auspiciosa predicción.
La bochornosa y triste crisis del Sename, que si bien es cierto sería desleal asignárselo como responsabilidad solamente a esta administración, no se vio nunca la convicción necesaria para abordar decididamente esta materia y dar un vuelco potente en donde los niños más vulnerables estén en primera fila. Los datos que conocimos son lapidarios y, por lo mismo, resulta incomprensible que en todo su mandato no haya estado como prioridad ni tampoco con urgencia en el Congreso.
Para el último, el intento desenfrenado de aprobar una nueva Constitución en los últimos 6 días, ratificando esa desprolijidad e improvisación de los 4 años, o los nombramientos de personeros de confianza como notarios a lo largo y ancho de todo Chile. El ánimo refundacional, ese que pretendió echar todo por tierra, y crear un país desde cero, les terminó por pasar la cuenta.
Ni siquiera los importantes avances en el acceso a la educación superior (que a pesar de su letra chica, se reconoce su importancia), pueden paliar el grotesco retroceso democrático que ha significado el gobierno de la Nueva Mayoría: en donde el financiamiento irregular de la política en general pasó a ser un común denominador, y la fe pública fue completamente olvidada por la lógica de quienes conciben al aparato estatal como un mero botín de campaña o bien, como una especie de agencia de empleos.
Se termina así una compleja historia de 4 años, con una Presidenta devolviéndole la banda al mismo Presidente Piñera, con una coalición destruida y sin ideas, y lo que es peor, con nula vocación para reconstruirse desde una autocrítica sincera.
Y aunque duela, algo que se extrañó por montones, fue la antigua responsabilidad cívica de la Concertación. La quisieron fundir por siempre, y hoy la deben salir a recuperar para sobrevivir al certificado de defunción.

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