El Muro, treinta años después.

30 Septiembre   408   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

 

Algunos, entre los que me cuento, queremos adelantarnos y ya comenzamos a escribir y comentar de los 30 años que se cumplirán en noviembre, de aquella ocasión en que el Muro de Berlín fue derribado.

 

Porque, quiero precisar, el Muro no cayó, como dicen algunos textos y repiten sin mayor reflexión muchos medios: “la caída” del Muro de Berlín, como si aquella mole de casi cuatro metros de altura y 115 Km. de largo, de hormigón reforzado, se hubiera venido al suelo por sí misma. No fue así. El Muro no cayó.  Lo botaron los miles de alemanes orientales que, en aquellos primeros días de noviembre de 1989, observaron asombrados que los cientos de guardias de la Alemania comunista no les disparaban ni impedían sus intentos de cruzar hacia occidente.

 

 

El Muro de Berlín no se vino abajo sólo, fue derribado por quienes, superando el miedo, se atrevieron a destruirlo, simbolizando con ello la irrefrenable fuerza de los anhelos de libertad.

 

 

Hoy, cuando nos aproximamos a conmemorar los treinta años de aquel momento central de la historia del siglo XX, conviene recordar que, así como el Muro no cayó solo, tampoco se construyó solo. Lo levantaron personas, cientos de obreros que, obedeciendo órdenes del régimen alemán oriental, lo construyeron a partir del mes de agosto de 1961. Fue aquel gobierno, de la llamada República Democrática Alemana, quien ese año decidió que era mejor para sus intereses, los del gobierno comunista y sus jerarcas, que la población entera de aquel país fuera aislada de Berlín occidental. Había que impedir, a como diera lugar, que los alemanes que vivían bajo aquel régimen, intentaran escapar hacia occidente, hacia la democracia y la economía de mercado que tanto aborrecían. Y lo hicieron.

 

 

Ante el asombro, y la inacción, del mundo entero, en 1961 construyeron el que sería el mayor símbolo de la negación de la libertad, la intolerancia y la opresión a que el comunismo sometía al pueblo, en nombre, precisamente, del pueblo al que decía defender y proteger. ¿Proteger de qué? Proteger de la libertad, de la iniciativa personal, de autoridades elegidas de manera democrática, de la prensa independiente, del pluralismo político y, en fin, de todo aquello que pusiera en riesgo la permanencia eterna de la jerarquía comunista que, desde Walter Ulbricht (que ordenó la construcción del Muro), hasta Erich Honecker (que mantuvo y defendió el Muro durante sus 23 años de gobierno “democrático”).

 

 

Cuando han pasado 58 años de su levantamiento y nos aproximamos a los 30 años de su destrucción, conviene recordar a Günter Litfin, primera víctima asesinada al intentar pasar a occidente, 10 días después de la construcción del Muro. O a las más de 150 personas que, como él, murieron tratando de cruzar y fueron acribillados, electrocutados o destrozados por la explosión de las minas que cubrían el perímetro. O Peter Fechter, joven que, al intentar cruzar, fue ametrallado y murió lentamente, ante la vista de miles de personas que, desde Berlín occidental, nada pudieron hacer para rescatarle, y que inspiró a Nino Bravo a escribir su canción “Libre”.