El poder que mata

17 Julio 2018   1023   Opinión   Abraham Santibáñez
Columnista Diario El Centro Abraham Santibáñez
Abraham Santibáñez

Secretario General Instituto de Chile

Hace 39 años, en la madrugada del 17 de julio de 1979, Anastasio Somoza Debayle renunció a la Presidencia de Nicaragua. Poco más tarde, en una flota de doce aviones en que iba su familia y sus partidarios más fieles, abandonó el país. La fecha se convirtió en el Día de la Alegría en Nicaragua. En Chile, en Hoy, el humorista Rufino sintetizó el pensamiento de muchos chilenos: “No hay mal que dure cien años”. En 1980 Somoza murió en un atentado en Paraguay. La dinastía se había iniciado en enero de 1937, con la instalación de Anastasio Somoza García en el poder.
Paradojalmente, en estos días Nicaragua vive una parecida crisis, cuyo significado es claro: las dictaduras siempre terminan mal y su huella es a veces muy larga.
Tras la salida del último miembro de la familia Somoza se instauró una Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Esta coalición duró menos de un año. La renuncia del empresario Alfonso Robelo y Violeta Barrios, la viuda del periodista asesinado Pedro Joaquín Chamorro dejó a los sandinistas con el control total del poder. Comenzó entonces, una nueva etapa caracterizada por el choque de fuerzas, en que Estados Unidos se comprometió a fondo mediante el financiamiento de los “Contra”. Este complejo panorama pareció cambiar en febrero de 1990, cuando Violeta Chamorro fue elegida por una amplia coalición antisandinista. Su debilidad era precisamente su amplitud y desde el inicio su gobierno estuvo marcado por la tensión política.
La revolución sandinista tuvo el apoyo explícito de los partidarios de la teología de la liberación, lo que contribuyó a una fuerte polarización. Al mismo tiempo, la caída del Muro de Berlín generó nuevos desafíos en el panorama mundial. En Nicaragua, se sumó una fuerte crisis económica.
En la siguiente elección, en 1996, el país se polarizó entre la Alianza Liberal y el Frente Sandinista. Triunfó en las urnas el liberal Arnoldo Alemán. Pero su peor enemigo fue la corrupción. Sorprendentemente, para los nuevos comicios, el 4 de noviembre de 2001, las dos fuerzas políticas principales mantenían una alianza pactada con la bendición de la Iglesia Católica. El triunfador fue Daniel Ortega. Desde entonces, de manera paulatina pero inexorable, se cerraron las puertas a cualquier proceso democrático.
Diecisiete años después, el país vive su peor crisis. Se esgrimen muchas razones y no hay que descartar la larga y pesada herencia de la dictadura de Somoza. Por su parte, Ortega y su esposa han acumulado un poder sin límites. Pero un intento suyo en abril por reformar el sistema de seguro social mostró su fragilidad. Desde entonces han muerto en enfrentamientos más de 300 personas.