El poeta popular

01 Julio 2018   1008   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

En la herencia viva y oral del poeta popular, es manifiesto el mestizaje. En forma especial allí radica el misterio de la encarnación, que aúna en sí al espíritu y la carne, lo eterno y el tiempo, lo sagrado y lo profano. Es la impronta que posee el verbo encarnado que emerge del encuentro, donde no hay espiritualismo ni materialismo. Espíritu encarnado y carne espiritualizada, comunicado desde y hacia los diferentes rincones de nuestro territorio chileno, como en el de América Latina. 

En efecto, el habla castellana con la llegada del conquistador, debió modular otros sonidos y abrirse a significados nuevos, que los pueblos originarios atesoraban. El encuentro y choque de dos culturas, de lo foráneo y lo autóctono, dio origen al canto y la versación, al cuento y al mote, a la paya, a la elaboración e inspiración del cuarteto y la octava, al conjunto de la creación literaria del habla popular y expresiva que resuena al son del guitarrón…
Son, pues, los poetas o “puetas”, los que hacen modular la lengua ante las maravillas de la creación... Ellos rememoran los hechos salvíficos de la fe, de la cruz y de la gloria. Asimismo, el poeta enuncia y conserva desde lo más íntimo de su ser, los acontecimientos grandes y pequeños de la vida cotidiana, los enigmas, los chascarros y peripecias de la existencia.
El poeta es a fin de cuentas un custodio de la memoria. Versifica y rememora las andanzas que cuentan desde antaño los antiguos y registra los avatares presentes, para confiarlos a las nuevas generaciones.
El canto popular del poeta emerge de la impresión personal. Canto y palabra se funden en la voz, el verso, el gesto y la presencia. Brota desde lo más íntimo del “pueta” la oración sentida del agradecimiento o de la alabanza, de la súplica o del perdón. Ello ocurre solo o junto a otros poetas en la casa, o el santuario. También el canto tiene la fuerza del quejido desgarrado o de la nostalgia, del dolor y el consuelo. Para convertirse en melodía festiva y jolgorio, que anima la celebración donde se congregan a los hombres y mujeres en torno a momentos reveladores y trascendentes de la propia existencia.
El “pueta” con su gracia y verbo, canta a la vida misma en todas las manifestaciones, humanas y divinas. Y por eso el poeta popular, tiene el legítimo orgullo de cumplir su misión con especial reserva. Es que tiene la conciencia que lo suyo es un encargo sagrado…