El senador Guzmán

17 Enero   432   Opinión   Ervin Castillo A.
Columnista Diario El Centro Ervin Castillo A.
Ervin Castillo A.

Fundación Talca

El acribillado Senador en democracia, abogado de profesión, docente universitario y formador de jóvenes a lo largo y ancho del país, Jaime Guzmán Errázuriz, ha vuelto por estos días, una vez más, a estar en la palestra de la discusión pública. ¿Por qué? Los sectores más radicales de la izquierda chilena, y muy particularmente rostros jóvenes de sus filas, han venido a reflotar una suerte de odio en contra del fundador del gremialismo. Sin ir más lejos, las malogradas acciones del diputado Gabriel Boric, y recientemente durante el fin de semana, las tristes declaraciones de la diputada Marisela Santibáñez. Con un reprochable sentimiento de rabia en contra del único senador asesinado durante la vigencia de un régimen democrático en nuestro país, la parlamentaria cercana a Marco Enríquez-Ominami, nos ilustró con una inusitada elocuencia, el sentimiento que a muchos les aflora con este destacado personaje político del siglo XX.
Guzmán, como tantos otros, fue un político que defendió con fuerza sus ideas, supo tomar principios e ideas de otras vertientes y de otros países, para aplicarlas en nuestro país, generando un nuevo texto constitucional, un nuevo movimiento universitario y también un nuevo partido político. Más allá de las obvias y legítimas ideas que se puedan guardar con el ideario intelectual impulsado por el Senador Guzmán, la mayoría de las fuerzas democráticas nunca han dudado en condenar los lamentables sucesos que terminaron con la vida del abogado de la Universidad Católica. En ese sentido, los sectores de centro izquierda en su momento, y también hoy por hoy, han mantenido una actitud republicana en torno a lo acontecido, confrontando como se debe, en el plano de las ideas, las posiciones defendidas por Guzmán.
Lamentablemente, los sectores emergentes como el Frente Amplio y otros espacios de pensamiento de izquierda, no solo han sido incapaces de mostrar una línea coherente en cuanto a Derechos Humanos, sino que, además, han festinado con el asesinato del Senador, y en más de un caso, han avivado peligrosamente el sentido de odio en contra de éste.
¿Por qué lo odian tanto?, ¿Por qué no pueden expresar cívicamente sus diferencias en el organigrama político? Parecen ser una vieja generación que no es capaz de discutir políticamente sus divergencias de opinión, de contrarrestar como se debe sus ideas en la lucha política. Pretenden, lastimosamente, no abandonar las trincheras del pasado que tanto dividieron al país, y de cuyas crisis todos tuvieron una importante cuota de responsabilidad, desde luego también Guzmán, de quien este columnista, muy honestamente, se declara simpatizante. Lo vemos actualmente en muchas universidades públicas y privadas, donde los denominados sectores “ultra” acallan la voz de quienes piensan distinto, gritando más fuerte, eliminando del debate a quien se atreva a enfrentar a la masa vociferante.
En pleno año 2019, no parece posible que las diferencias se sigan extremando hacia estos planos, en donde en lugar de posicionar valores o ideas fuerza, se terminen construyendo muros que impiden la entrada de los acuerdos y de los avances que tanto se requieren.
Lo bueno de esto, es que la ciudadanía puede vislumbrar con mayor nitidez, el resurgimiento público de las ideas más extremas en cada guarida. Así, se sinceran posturas respecto de quienes realmente están comprometidos con la democracia, y de quienes, en cambio, vistiéndose con ropajes demócratas, no tienen estampa alguna para hacerse llamar así.
En último lugar, el llamado a enfrentarse democráticamente, a todos aquellos que pretendan ser parte de esta especie de odio colectivo, que tanto daño nos hizo en el pasado, y que tanto daño puede causar hacia el futuro. Estamos a tiempo de hacerlo.