Viernes, 24 de Marzo de 2017
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Opinión

El sueño de una ley gratuita y de calidad

Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Parafraseando el eslogan educacional, confieso que mi sueño es que los chilenos pudiéramos tener una ley gratuita y de calidad.  Porque ocurre que nuestro país posee un sistema legislativo cuya producción carece de ambas cualidades. Nuestras leyes son de escasa calidad y, además, nos cuestan bastante caras.

¿Cómo es posible que, en casi innumerables casos, apenas promulgada una Ley, ya escuchemos a los propios legisladores señalar que van a impulsar variadas adiciones, reformas y complementos a la norma que recién hicieron?

No aburriré a Lector con un largo listado, que lo hay, sino apenas recordaré las leyes que integraban la Reforma Tributaria, que no terminaban de promulgarse, cuando ya se nos decía que había que enmendarlas y “perfeccionarlas”, eufemismo para indicar que hubo varios gazapos en ellas. Igual cosa, tal vez peor, las muchas leyes que forman la interminable Reforma Educacional, y que aparecen de a poquitos, ya han requerido, vía reglamentos, numerosas enmendaduras. La Ley de etiquetado de alimentos, la de Estacionamientos, la de financiamiento de los partidos políticos, la del padrón electoral y… un larguísimo etcétera.  En síntesis, nuestro sistema legislativo entrega leyes deficientes, a las cuales se debe hacer correcciones continuas y, muchas veces, sustantivas.

¿Dónde está la falla que provoca esta deficiente técnica legislativa? ¿En los legisladores, en las asesorías, en los grupos de presión (que ahora llaman lobbistas), en las mayorías exigidas, en los plazos? Sería bueno que, ahora que nos ha dado por compararnos con países desarrollados, observáramos cómo funciona por allá el sistema legislativo. Y si se cometen tantos yerros como acá. Porque si el mal afecta a muchos… ya sabemos quién se consuela.

Por otra parte, mi sueño no se agota en que Chile tenga leyes de calidad. Además, quisiera que estas fueran un producto gratuito. O de bajo costo. Porque, ha de saber el Lector que el sistema es bastante dispendioso.  Si pensamos tan sólo en lo que el país gasta en el sueldo y asignaciones de los Parlamentarios, ya tenemos una cantidad exorbitante. Sabemos que nuestros legisladores son los más caros de Sudamérica y, al parecer, también de la OCDE.

Y si a ello sumamos el aumento de legisladores que comienza este año (la Cámara pasará de 120 a 155 Diputados y el Senado subirá de 38 hasta 50 honorables) las cifras no paran de aumentar (porque no creo que el Lector sea de los que creyeron que pasar de 158 a 205 parlamentarios iba a ser gratis).

Pero las leyes no sólo son caras por los sueldos y asignaciones de quienes las promueven y las votan. También lo son cuando esas normas crean, con justificaciones discutibles, gastos que el común de las personas debe absorber con denodados esfuerzos e hipotéticos beneficios (como el nuevo sistema de tarifado de estacionamientos). O cuando la normativa exige trámites de lógica incierta, pero de costo elevado, como los gastos notariales.

Así, mientras los sueños estén exentos de tributos, invito a todos a soñar en un país con leyes gratuitas y de alta calidad.

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