El vino de la alegría y el amor que perdura. Segundo domingo del año. Juan 2, 1-11.

20 Enero   521   Opinión   P. Luis Alarcón Escárate
Columnista Diario El Centro P. Luis Alarcón Escárate
P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

“Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: ‘No tienen vino’. Jesús le respondió: ‘Mujer, ¿Qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía’. Pero su madre le dijo a los sirvientes: ‘Hagan todo lo que Él les diga’. Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos que contenían unos cien litros de agua cada una. Jesús dijo a los sirvientes: ‘Llenen de agua estas tinajas’. Y las llenaron hasta el borde. ‘Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete’. Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y, como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: ‘Siempre se sirve primero el buen vino y, cuando todos han bebido bien, se trae el de calidad inferior. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento’. Éste fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él”.
Estamos recién iniciando un tiempo nuevo en este segundo domingo de treinta y cuatro semanas en la cual no hay mayor mensaje o palabra para el hombre de hoy que la buena noticia de Jesús que, resucitado, continúa haciendo el bien en medio de la comunidad tal como lo ha venido realizando en todos los siglos de la historia.
La presencia de Jesús se da en las grandes situaciones humanas, como en estas bodas de Caná. No es una caracterización para una liturgia religiosa. Su actuación tiene que ver con el acompañamiento de todas las inquietudes de la vida humana, desde el nacer hasta morir. Toca la tierra en la cual se siembra la semilla para que brote un fruto fresco y abundante que luego será transformado en harina y en pan que alimenta a toda la sociedad. Para los que creen verdaderamente en Jesús todo tiene esa dinámica.
El signo de las Bodas de Caná, es el inicio del ministerio público de Jesús. De ahora en adelante se irá predicando por los pueblos y campos la buena noticia del Reino que se identifica con una fiesta de bodas: con la alegría que provoca en la unidad familiar. Su predicación tiene que ver con una manera de vivir, por esa razón su petición de silencio ante los signos que realiza en otras ocasiones, ya que la conversión pasa por una verdadera adhesión a su vida y no asombro y cercanía por lo que puedo “sacar” de su persona.
En todas las instancias de la vida humana, sobre todo cuando se inician en lo familiar, en lo laboral, en los estudios, se parte con esperanza, y no puede ser que fallen al momento de empezar. Cuando ha habido soberbia en los humanos, generalmente han sucedido hechos lamentables.
En las bodas de Caná se acercan a Jesús, movidos por la palabra de su madre. Ella lo impulsa a comenzar su tarea de bien y parte con los grandes contenedores de agua para la purificación, que son convertidos en vino. No solo purifican sino que alegran el corazón y provocan que esa relación que se inicia esté acompañada y bendecida por el mismo hijo de Dios, que no lo conocíamos, pero que luego lo reconocemos por el bien que nos ha hecho. Pidamos al mismo Señor que siga regalándonos su amistad, su cercanía; sus signos de esperanza.