Eliana, gran mujer

01 Septiembre   621   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Al concluir el rito fúnebre, se levantó Francisco en la capilla Santiago Apóstol, de Talca. Sereno y confiado, miró a la atenta asamblea. Había un gran dolor. Pero él sacó la voz firme y clara. Quiso expresar en forma sencilla, coloquial, la gratitud que en ese momento se le hacía consciente. ¿Por qué tanto afecto expresado a su madre, Eliana Jofré, por quien se había celebrado la misa de las exequias? Inició la gratitud, haciéndonos patente que estábamos, según sus propias palabras, frente a “una gran mujer”.


Al escucharlo, recordé muchos momentos compartidos con Eliana, en su lugar de trabajo. Un taller de gran laboriosidad, donde confluye la actividad en las más variadas formas. Es la “central de apuntes” de la Universidad Católica del Maule. Allí, ella fue lámpara encendida, cuyo resplandor, fue recibido por las más variadas personas y estudiantes, todas las cuales llegábamos a ese lugar, con frecuencia, a solicitar algún servicio de impresión, fotocopias; o pedir espacios, salas y auditorios para alguna actividad. Ella administró esa central, con un equipo. Hasta le tocó prestar las banderas para algún acto solemne.


Fue una jefa apreciada en esa unidad. Con liderazgo firme e inteligencia forjada en la experiencia. Mantuvo el vínculo con profesores, estudiantes y administrativos. Acogía cálidamente. Poseía un gran cariño por la comunidad universitaria. Jamás ignoró las debilidades que poseía. Pero, el cariño, estaba arraigado desde los orígenes de la Universidad, pues fue testigo de sus primeros pasos. Reconoció con perspicacia dónde estaban los talentos y cuán vulnerable es el pequeño mundo universitario a rencillas de poder y vanidad... Muchas personas que asumieron altas responsabilidades académicas o administrativas en la institución, fueron por ella conocidas en tiempo de juventud o etapa inicial. Tratadas personalmente, las apoyaba y guiaba con sabiduría. Si era preciso, también reprendía…


De alta figura, digna, tenía nobleza de corazón... Su mirada era penetrante y tierna. Y el carácter suyo, recio y con gran sentido de justicia. Fue valiente e insobornable, incluso en su participación sindical. Dirigente nata, descolló por el temple y convicciones cristianas vividas, en las pequeñas virtudes cotidianas, de respeto, solidaridad y amor entrañable.


Trabajadora infatigable, fue madre abnegada y afectuosa para hijos y nietos. Perpetuamente luchadora, murió amando la vida que Dios le regaló, y que ella hizo fecunda y bella.
Sí, Francisco. ¡Tu madre, Eliana, estampa bíblica, fue una gran mujer!