Es lo que hay

27 Abril   398   Opinión   Diego Benavente M.
Columnista Diario El Centro Diego Benavente M.
Diego Benavente M.

Ingeniero civil, U. de Concepción

Cada cierto tiempo en “nuestro país” y no, “éste país”, como les gusta a muchos llamarlo, buscando desligarse al describir situaciones incomodas en las que no les gustaría verse involucrados, se tiran al aire frases grandilocuentes a veces absurdas, algunas en su época incluso han sido muy aplaudidas. Si uno las ordena en una serie más o menos cronológica dan una impresión bastante acertada de lo que es nuestra idiosincracia nacional, tanto en lo político como en lo sociocultural.
Por ejemplo, como no recordar aquella época donde la convivencia política llegó a un extremo tal, con frases como: “no cambio una coma de mi programa ni por un millón de votos” o esta otra de la vereda del frente, “le vamos a negar la sal y el agua” o esta última, “no soy presidente de todos los chilenos”. El resultado a esta lógica estéril de enfrentamiento total, fue lamentablemente el que nos llegara otra frase famosa, “no se mueve una sola hoja sin que yo lo sepa”.
En los tiempos modernos del regreso a la democracia también se tiene algunas frases rimbombantes que provocaron a la clase política, como aquellas vertidas por el senador Quintana, cuando al inicio del segundo gobierno de Bachelet se despachó la siguiente: “vamos a poner una retroexcavadora, para destruir los cimientos del modelo neoliberal de la dictadura”. Asimismo, el entonces ministro de Educación, Nicolás Eyzaguirre, respecto a la educación particular vs. la pública, dijo en la TV: “Primero tengo que bajar al otro de los patines”. Un período después a cargo de la misma cartera Gerardo Varela, respecto al arreglo del techo o salas con el piso malo dijo, “yo me pregunto, ¿por qué no hacen un bingo?, ¿por qué de Santiago tengo que ir a arreglar el techo a un gimnasio?”. Para coronar la fraseología y emulando alguna anterior, al inicio de su primer gobierno, Sebastián Piñera declara “en 20 días hicimos lo que no se hizo en 20 años”, buscando reflejar la excelencia de su gobierno, lo cual no le alcanzaría ni siquiera para elegir posteriormente a alguien de su coalición.
Con todo, logramos asomarnos a la globalización primeros en Sudamérica, sin embargo, un economista como Sebastián Edwards, exhibiendo una autocrítica envidiable, tiempo atrás acusó las trabas que presenta el país para aspirar al primer mundo, “somos impuntuales, sacadores de vuelta y poco trabajadores para ser desarrollados”. A todo lo anterior hay que agregar lo aparentadora de nuestra cultura, fundamentalmente la capitalina, en una época pasada con los celulares de palo, los carros de supermercado llenos de delicatessen caras abandonados a medio pedido, los autos con calcomanías de colegios caros sin ser sus propietarios ex-alumnos de aquellos o los lujosos departamentos de Vitacura “colgados” al cable. Todo muy necesario para esta cultura farandulera, como lo justificó en su momento Emeterio Ureta un icono del lote: “debo aparentar que tengo buena pintura porque me rozo con mucha cuica”.
En todo caso, no hay de qué preocuparse, en el país, “las instituciones funcionan”, “aquí y ahora”, e incluso ha habido autoridades capaces de decir “mi error fue no haber dicho la verdad desde el principio”. En consecuencia, ciudadanos, “es lo que hay”.