“Es mi cuerpo que doy a comer, es mi sangre que doy a beber” Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Marcos 14, 12-16. 22-26.

03 Junio 2018   1171   Opinión   P. Luis Alarcón Escárate
Columnista Diario El Centro P. Luis Alarcón Escárate
P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

“El primer día de la fiesta de los panes ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”. Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?’. Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”. Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esta es mi sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.
La celebración de la Eucaristía, así como la Pascua Judía, está llena de simbolismo para quienes hemos sido seducidos por el amor del Padre Dios, porque como hemos dicho anteriormente, la Santísima Trinidad ama, y lo hace de tres maneras diversas, siendo creador como el Padre, salvador como el Hijo y santificador como el Espíritu Santo; de esa manera, creativamente nos permite entrar en su propia vida para responder al amor recibido. Si para los judíos la cena que comen rápidamente antes de salir a la libertad del desierto y, la entrada a la tierra prometida la recuerdan todos los años en actitud de peregrinar constante; la Eucaristía le da un nuevo sentido a esa cena y la dispara hacia la eternidad. Le entrega a cada persona la posibilidad de dejar entrar en su vida la misma vida divina para fortalecernos espiritualmente y para que físicamente nuestra acción haga presente en el mundo todo lo que Dios nos quiere regalar. Nos abre a la dimensión de Reino que se empieza a construir desde esta vida y fortalecidos por la Eucaristía colaboremos en su construcción.
Por lo mismo, no puede ser algo que se banaliza llegando a ser casi un fetiche religioso. Me ha tocado ver a adultos que parten su hostia y les convidan a los niños porque piden ese pancito cuando van a comulgar. Otros se preocupan de la perfección litúrgica teniendo los manteles adecuados, las velitas nuevas, las flores donde deben ser y no sobre el altar, que las lecturas sean las que corresponden, etc.; pero su vida eucarística deja mucho que desear. El testimonio de vida que se da no tiene nada que ver con el servicio, con la disponibilidad para escuchar al abatido, solidarizar con la causa de los excluidos, los pobres y los migrantes, el sufrimiento de los enfermos. Para muchas personas vivir la Eucaristía es cumplir con estar el domingo y comulgar, pero en lo diario son individualistas y no se acuerdan más de Dios hasta el domingo siguiente.
Debemos rezar para que siempre el día del Señor sea dedicado a él con apertura de Espíritu, que realmente valoremos lo que celebramos y por encima de la belleza artística que debe tener la liturgia, logremos que la eficacia de la cena del Señor nos mantenga siempre viva la esperanza hasta que él vuelva.
Muchos santos, entre ellos “mi” santo patrono Maximiliano Kolbe, en el campo de concentración mientras esperaba la muerte, celebraba la Eucaristía con migajas, de memoria y todo sucio. Pero el amor que se experimentaba en esa celda purificaba todo y seguramente recogía todo el pecado y la maldad humana para transformarla en santidad que volvía a Dios. Pidamos que durante este tiempo de crisis nuestra vida eucarística se vea fortalecida, para que nuestra Iglesia se renueve y vuelva a ser profética, servidora y promueva la comunión. Que sea un verdadero sacrificio redentor.
P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Talca
Ciudad y Pastoral Social
Párroco de Los Doce Apóstoles y capellán Univ. Sto. Tomás