“Éste es mi Hijo, el elegido” Segundo domingo de Cuaresma. Lucas 9, 28-36.

17 Marzo   316   Opinión   P. Luis Alarcón Escárate
Columnista Diario El Centro P. Luis Alarcón Escárate
P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

“Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con Él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con Él. Mientras éstos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: <<Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías>>. Él no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: <<Éste es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo>>. Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto”.
Estamos viviendo el tiempo de Cuaresma que es muy importante en la experiencia cristiana porque nos conduce a una dimensión de fe muy profunda. Nos mueve a reconstruir nuestra adhesión personal a Jesucristo.
Mucha gente se plantea este tiempo como un momento en el cual se hacen méritos para conquistar el favor de Dios. Todavía queda en muchos la religiosidad en la cual cada uno se “rasca con sus uñas”, es decir, se dedica a cumplir ciertos preceptos o a realizar determinados procedimientos de fe para sentir que “se ganó el cielo”.
Este texto que tiene un sentido teológico muy profundo nos ayuda, además en lo práctico a comprender que “todo es don de Dios”. Es decir, nos devuelve a la comprensión de que Dios ya ha hecho todo por nosotros. El ungido de Dios, el que es presentado hoy en la transfiguración, nos muestra cual es su tarea en la historia humana. Viene a cumplir el deseo de su Padre que quiere que todos los hombres se salven. Es la misión que conversa con Elías y con Moisés.
El tiempo de Cuaresma para todo bautizado es la invitación a mirar la propia misión como un don de Dios que nos mueve a purificar y a entrar en la dinámica de conversión para que nuestra vida, que hace presente a Cristo, pueda ser un aporte concreto a la renovación del mundo en el cual vivimos.
La fe no puede ser solo un reconocimiento intelectual ni moral, sino que es la experiencia práctica de compromiso con el trabajo artesanal de hacer producir la tierra, eso significa todo el desafío de devolverle su potencial germinador de semillas. Es comprender que la consecución de cualquier logro en la vida implica el movimiento humano inspirado por Jesucristo para que en todos los ámbitos se destaque el rostro brillante y amable, transfigurado del Señor.
Este tiempo litúrgico por lo tanto es, de abrirse a todas las dimensiones del seguimiento para que en la línea del profeta y del liberador, cada uno, viva su tarea íntegramente.
El ungido de Dios nos ha asociado a su misión, el bautismo que renovamos en la gran liturgia de Pascua nos permite transfigurar nuestro propio rostro. Nos hace misioneros del Reino en un mundo que abandona a Dios, que desconfía de las instituciones, pero de todos modos las necesita. Nuestra Iglesia transfigurada se enriquece con los rostros de hombres y mujeres que ven a Jesús como su Señor y caminan con él hacia la resurrección.