Familia marcada por el amor de Jesús. Vigésimo séptimo domingo del año. Marcos 10, 2-16.

07 Octubre 2018   1701   Opinión   P. Luis Alarcón Escárate
Columnista Diario El Centro P. Luis Alarcón Escárate
P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

Se acercaron a Jesús algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon la siguiente cuestión: “¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?”. Él les respondió: “¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?”. Ellos dijeron: “Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella”. Entonces Jesús les respondió: “Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación ‘Dios los hizo varón y mujer”. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto. Él les dijo: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella, y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio”. Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron. Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.
Ya estamos bien entrado el año litúrgico y el evangelio de San Marcos nos presenta un tema muy actual que tiene que ver con la situación matrimonial. ¿Es lícito dar carta de divorcio? Para Jesús la respuesta se da en una línea muy distinta a la que ellos esperaban. Jesús pone el problema en una relación familiar y no en una decisión particular de uno de los miembros de un matrimonio. Todo pasa por la dureza de cabeza que tienen; pero si comprendieran que la vida de una familia depende de todos los que la componen partiendo por el esposo y la esposa en iguales condiciones, todo sería muy distinto. Es un aspecto que está muy adelantado a los tiempos en los cuales le toca vivir a Jesús, pero es algo todavía actual en muchos lugares del mundo en los cuales esta realidad se da.
Desde mi tiempo de formación he aprendido que una familia se forma por el amor que se tienen dos personas y que en algún momento formalizan esa relación porque descubren que se aman verdaderamente y lo mejor para uno es estar con el otro, que podamos realizar juntos nuestra vida compartiendo los sueños que tenemos y ayudándonos en pobreza y en riqueza, en salud o enfermedad. Que podamos aprender a cuidarnos mutuamente sin diferencias de tal manera que ya no son dos sino una sola persona. Esa es la ley, pero que se cumple porque se ama verdaderamente y no solo “porque es ley”.
Jesús nos invita a vivir la vida familiar matrimonial teniendo cada uno los mismos derechos y deberes.
Escuchar hoy a Jesús es una buena noticia para todas las familias porque invita a tener un interés común, que permite fortalecer el amor, ya que son dos los que cuidan una relación que debe perdurar hasta la muerte de uno de los esposos. No es solo la buena o mala aceptación del hombre la que marca la duración de una relación que no cumple con “mis expectativas” de lo que debía ser la vida de la familia o el matrimonio.