Funambulismo

30 Abril 2018   520   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

En caso que el Lector no conozca el concepto del título, se trata del arte de caminar por la cuerda floja. El funámbulo es el equilibrista por antonomasia. Aquel que, con sumo cuidado y esfuerzo, trata de mantener su rumbo por el justo medio, sin inclinarse a la derecha ni a la izquierda.

En política, el Partido Demócrata Cristiano ha practicado el difícil arte del funambulismo desde sus inicios. Pareciera ser que su destino es permanecer equidistante de los extremos, por atractivos o razonables que estos pudieran ser, manteniendo ese justo medio en el que confluyen los ideales del humanismo cristiano, la doctrina social de la Iglesia, un poco de asistencialismo, otro tanto de mercado y postulados semejantes. La moderación, la equidistancia y el equilibrio fueron los principios rectores que guiaron el Partido en sus inicios, allá por los tiempos de la Falange. Y esa prudente templanza política, ejercida por hombres como Frei Montalva o Aylwin, aseguraron al Partido sus mejores momentos.
Por el contrario, aquellos tiempos en que la democracia cristiana fue empujada, o se dejó llevar, hacia un extremo, que recurrentemente fue el izquierdo, sólo consiguió disensos y discordias, fraccionamientos y desintegración.
En su larga vida la democracia cristiana ha vivido épocas de crisis. Etapas en las que le aparecieron facciones, ramas y derivaciones un tanto díscolas de la ortodoxia central y centrista. Fueron esas ramas, por ejemplo en los años ’60, las que dieron lugar al MAPU que, de tanto discrepar, finalmente de separó de la DC, formando una efímera tienda aparte. Igual cosa en los ’70, cuando otra rama partidaria, nuevamente alejándose y disintiendo demasiado, dará lugar a la Izquierda Cristiana, otro partido de breve duración. Fueron años de crisis en que la fortaleza del partido radicaba en la solidez de su doctrina, la claridad de sus ideas y la defensa de su postura equidistante.
Hoy la crisis, que no sabemos cuán terminal podrá ser, apunta hacia otro lado. Ya no es una facción discrepante con el tronco ideológico común la que se aleja. Esta vez se trata de personas que, avalados con su trayectoria política individual y familiar las que han preferido irse del partido. Ellos, dolorosamente, han constatado que la actual democracia cristiana ya no es más la que fue ayer. Que su política de alianza y cercanía con la extrema izquierda ha desdibujado aquella vocación de equidistancia y equilibrio. Que se intenta hacer del partido un socio más de un abigarrado contubernio izquierdista. Donde sus principios humanistas serán sacrificados ante la vocinglería “progresista” y sus valores cristianos objeto de la burla y el desprecio insolente y jactancioso de los nuevos dueños de la verdad y del Partido.
Lástima lo que ocurre con esos supuestos herederos de la Falange, que en aras de un “compromiso histórico” con la izquierda, que siempre les ha perjudicado, hoy abrazan aquello que antes repudiaron, al tiempo que repudian los valores que siempre respetaron y promovieron.
No hay un Partido político que pueda ser funámbulo para siempre.