Gratitud

04 Noviembre 2018   1065   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Es infrecuente hoy la actitud sencilla, justa y humana del agradecer. Es que todo se mide y pondera. Hay más conciencia de los derechos y méritos propios, con el reclamo constante sobre lo que “nos deben”. El sentir común y equivocado es que los demás -padres, amigos, jefes, vecinos-, son nuestros deudores... Lo cual manifiesta un arraigado egoísmo que gira en torno al yo y sus intereses. Ojos ciegos para los demás. Incapacidad de reconocer los empeños ajenos, la entrega y los oficios. ¡Aquí es escasa la gratitud!
Pero el agradecer revela la nobleza del alma y la hondura de carácter. Porque quien dice “gracias”, lo hace al tomar en cuenta que está en presencia de un obsequio. Es consciente de recibir lo inmerecido. El bien suscita el asombro y la gratitud, que únicamente es reconocido por el corazón humilde.
Existen también las “zalamerías” enervantes. Con servilismo se agradece al superior, al dirigente o al candidato. Para la autoridad -cualquiera sea-, el peor apoyo es la persona aduladora. Estamos ante el falsario, embustero o arribista.
La gratitud del corazón, en cambio, es auténtica finura del espíritu. Nace del sincero respeto a la verdad. Precisamente porque procede de ella y así es honrada. Entonces nace la expresión: “¡gracias!”; “¡agradezco tu compresión y desvelo!”; “tu consejo y compañía fue indispensable”; “¡gracias!”
Virgilio dice: “Mientras el río corra, los montes hagan sombra y en el cielo haya estrellas, debe durar la memoria del beneficio recibido en el alma del hombre agradecido”. Para el clásico latino, agradecer es memoria de los beneficios acogidos interiormente.
Es necesario para los tiempos que corren, plagado de planificaciones estratégicas, cultivar la gratitud sincera. El salmista bíblico invita: “recordad las maravillas que hizo el Señor…”. Trae a tu corazón los dones que vienen de la fuente eterna de la bondad y la sabiduría divina. Traer y acoge en ti, la presencia de los inmensos beneficios cotidianos, a menudo dados por obvios. Recuerda que solo uno de los diez leprosos sanados por Jesús, regresó a agradecer...
Sumergidos en el vertiginoso ritmo de nuestra época, embotados por el activismo del éxito y los modelos calculadores imperantes, debemos abrir los espacios para el agradecimiento. Es puro ejercicio de libertad y sencilla nobleza. ¿A quiénes corresponde mi gratitud? Nunca será tarde para expresarlo.