¿Guerra de los sexos?

02 Enero   365   Opinión   Ignacio Cárdenas Squella
Columnista Diario El Centro Ignacio Cárdenas Squella
Ignacio Cárdenas Squella

Periodista

Es posible que suceda que al leer esta columna me haga de muchas enemigas, que sea motejado de misógino y otras yerbas. Corro el riesgo porque me inclino a creer precisamente lo contrario: que ganaré más adeptas que rivales.

Los de sexo masculino y mientras más años se tengan, nos resulta verdaderamente un acoso las enormes restricciones y advertencias que tenemos para poder relacionarnos con las del sexo femenino con la natural manifestación, instinto, atracción y arrojo que nuestra sexualidad nos demanda espontáneamente.
Parto de la base que para que nazca un pololeo (inicio del encuentro) tiene que haber una atracción primaria ya sea por la belleza de ella o él, sus inteligencias y tantas virtudes que serán las que prendan la llama. Así, se necesita que alguno mire, diga o exprese de alguna manera ese primer flechazo a fin de llegar a una formalidad o compromiso mayor que la sola amistad.
Pareciera, además, que lo más habitual, y también preferencia muy mayoritaria de ellas, es que sea el varón el que muestre primero las armas de conquista. Ciertamente habrá una minoría (creo) de personalidad más fuerte y que prefieren ellas atrapar la presa y, por lo mismo, algunos que los estimula más una mujer de fuerte carácter.
En esta “guerra” de los sexos hay armas que son imprescindibles y me refiero al piropo, al coqueteo facial, alguna mirada lasciva, un toqueteo casual grado uno, una invitación claramente interesada, regalos doblemente interesados (tanto que les gustan las flores a las féminas y que las “polinizan” más que un beso). Pero han aparecido normas, ordenanzas, reglamentos y hasta leyes que ponen en riesgo altísimo a nuestro prestigio, trabajo y hasta libertad, si esas naturales armas las mal usamos o, simplemente, si la dama pretendida estima que el acercamiento le ha resultado ofensivo.
Sin duda hay abejorros que no tienen el tacto para adivinar el grosor de la dermis de su pretendida y su picada puede dañar severamente y, por lo mismo, a algún reproche o castigo se arriesgan y hasta merecen. Sin embargo ¿Qué hacemos con las muchas (o pocas, pienso) que han resuelto que su cuerpo es de ellas (verdadero) pero que, además, lo declaran prohibido para que el conquistador use alguna cualquiera de las armas, por muy bien que blande la espada? Son naves inabordables pero que, contradictoriamente (como sucede con casi todas) no tienen la consideración para que nuestra natura no se exacerbe cuando nos ofrecen su belleza decorada con hermosos maquillajes, o con ropajes sensuales que dejan en asomo aquellas partes de su talle que más nos endemonian, o se desprenden de ropajes que las hacen cimbrar…y a nosotros también. ¿Eso no es acoso, ¡válgame Dios!?
Mal pelado está el chancho, me parece, y así las cosas desaparecerán muchas palabras del diccionario como coqueteo, lisonjear, flirtear, pelar la pava y tantas más que dan cuenta de la humana necesidad de descubrir y finalmente encontrar la persona para cosechar los manjares que podemos saborear conjuntamente. Temo que las restricciones a que nos someten resulten finalmente en fatalidad para ellas que quieren ser nuestras, pero no nos dejan abordar.