Lunes, 20 de Noviembre de 2017
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Opinión

Hacia dónde vamos: ¿a Emaús o a Jerusalén? Tercer domingo de Pascua. Lucas 24, 13-35.

P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

El evangelio que hoy contemplamos nos narra el retorno de dos discípulos hacia el poblado de Emaús, que está a una distancia aproximada de once kilómetros de Jerusalén. Es un camino cansador cuando se hace con el peso de tan fuertes escenas que dan cuenta de todo lo que sucede con Jesús, el Maestro que predicaba en todos los lugares y que se había mostrado tan poderoso en obras y palabras. Nuestro cansancio está lleno de la frustración que da el haber confiado tanto y, seguramente, como otros momentos, nos vimos estafados por quienes prometían de todo para cambiar nuestra situación de opresión y las cosas siguieron igual. En el caso de Jesús, peor, porque lo crucificaron. Es decir, la derrota era total.

Cuando hay crisis en la vida, lo más normal es no ver bien el camino y si se empieza algo nuevo, lo más seguro es que no sea lo que debíamos haber empezado. Los discípulos emprendieron el camino de regreso a lo conocido, a lo que sabían, seguramente a la casa de sus familias donde estarían protegidos si es que algo ocasionaba que los vincularan con el predicador recientemente fallecido.

En ese caminar es que los encuentra otro hombre que va en la misma dirección y por seguridad, los caminos son muy peligrosos, les pide acompañarlos. Éste caminante se da cuenta de su desaliento y les pregunta qué los tiene así. Ahí, ellos logran sacar su dolor, sus frustraciones con respecto a lo vivido.

Delicadamente, el peregrino, les ayuda a comprender que todo esto estaba dicho en los profetas y en los escritos. Con su palabra, poco a poco va haciendo luz en sus oscurecidas mentes. Al llegar adonde iban le piden al peregrino que se quede con ellos. Al momento de cenar, este peregrino toma el pan y lo bendice para repartirlo. Ahí lo reconocen, pero al tiempo de reaccionar ya ha desaparecido.

Inmediatamente vuelven a Jerusalén para contar lo que les ha sucedido a los apóstoles. Deciden recorrer el camino oscuro y largo, en medio de la noche sin importar los peligros. Pareciera que la certeza de la resurrección les da luz en la oscuridad, los hace ver claramente hacia donde se debe ir.

Nuestro mundo vive hoy lo mismo: sin Cristo, estamos en la oscuridad en donde prima únicamente el individualismo, el demostrar que soy más fuerte como lo han hecho en estos días diversas potencias mostrando sus armas y el riesgo que ello implica para el mundo y para tanta gente inocente. Sin tener a Jesucristo en el corazón pareciera que cada uno se cree un dios y exige respeto, tolerancia, pero únicamente hacia mí porque yo no respeto a nadie más. Eso nos ha hecho caminar en la oscuridad en largos períodos de la historia.

Con Jesucristo, estamos seguros que veríamos la luz, que sabríamos darnos cuenta que las armas no son la respuesta, que el desarmarnos trae consigo la paz, la hace concreta en el reconocimiento de los hermanos, de compartir los bienes y los conocimientos.

Los testigos del resucitado no se guardan la experiencia, la transforman en el kerigma que conocemos como el anuncio de lo que hemos visto y oído. Nos saca del egoísmo y nos conduce a una situación de solidaridad, de lograr que otros también gusten esto que nos ha hecho tan bien: ¡Hemos conocido a Jesús!

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