Hijo y padre

29 Abril 2018   1288   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

El libro “El evangelio de Judas”, de Guillermo Blanco, fue publicado en 1972. Título provocativo para reflexiones audaces. Hay en esta obra una lúcida mirada en tiempos de convulsiones sociales y exaltadas pasiones políticas. Blanco, jamás negó su raigambre e inspiración cristiana y católica. Como buen lector, se nutrió del evangelio y desde él, descubrió impulsos para su labor. Advirtió con coraje y claridad del constante peligro por desvirtuar el evangelio en razón de intereses de grupos o pugnas ideológicas y aún religiosas. 

Fue valiente en momentos que la prensa en Chile estaba vigilada por la dictadura militar. Por ello, los estudiantes y discípulos lo apreciaron. A ellos inculcó el rigor del análisis en las noticias y columnas. Afrontar los hechos exige verdad. Es que le importó, como a buen periodista, la noticia. Sin embargo, no bastaban los meros hechos inconexos. Era necesario el esfuerzo reflexivo para dar cuenta de la realidad vigente, en sus procesos sociales, políticos, culturales, artísticos, etc. Ir, entonces, hacia los sucesos humanos mismos, a sus raíces y contextos, hasta desentrañar su valor, queja o llamada.
Y de esos sucesos nacen las palabras suyas en la actualidad, palabras que fueron su afán inquebrantable. Su lucha y destino. Dedicación de la vida entera.
Blanco es un escritor notable. En 1971, fue incorporado a la Academia Chilena de la Lengua en reemplazo de Salvador Reyes. La Academia de la época valoró en sus obras el dominio del lenguaje y el estilo. En 1999 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo.
Soledad Serrano, escribe sobre él: “Guillermo Blanco fue una referencia cultural y ética sobre el tiempo que vivíamos; cultural porque veía y nos hacía ver el sentido de la palabra, y ética, porque ese sentido eran valores y derechos comunes a todos. No era fácil pensar en ese tiempo. No solo por lo evidente, sino porque la sociedad se volvió una llanura en blanco y negro. Cuesta pensar ante la brutalidad y la tentación es ser su contracara, la pura denuncia.”
Blanco, que es talquino de tomo y lomo, vigiló pensando y nos hizo partícipes de bellas creaciones lingüísticas, de novelas, cuentos, crónicas, ensayos. Trabajó con humildad y pasión. Con rigor y ternura, consciente que el escritor, según nos dijo: “es hijo y padre, a la vez, de su lengua. Nace de ella y la engendra al usarla. Lucha con ella. La sufre y la goza. La fustiga para hacerla decir, decir, más. Acaricia y azota a las palabras, las modela, las mueve.”
Hijo y padre de la lengua, el escritor, por consiguiente, deberá seguir en la forja de la palabra para expresarla cada vez mejor.