Sábado, 16 de Febrero de 2019

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Opinión

La crisis ética no termina

Abraham Santibáñez

Secretario General Instituto de Chile

En enero cumple 72 años. Der Spiegel (“El espejo”, en alemán) ha construido un sólido prestigio. Es el semanario más influyente de Alemania y de Europa. Con más de un millón de ejemplares semanales, debe su fama a su periodismo serio e incorruptible.

Su primera denuncia fue en 1950. Acusó que, sobornos mediante, se logró que la capital provisoria de Alemania Federal se instalara en Bonn y no en Frankfurt. Doce años después, la tormenta fue peor, ya que incluso ministros de Konrad Adenauer debieron renunciar por el mal equipamiento del Ejército. Fue entonces que se ganó el sobrenombre de “Sturmgeschütz der Demokratie” (El arma de asalto de la democracia).
En años siguientes, asociada con grades medios mundiales, Der Spiegel ha publicado reveladores documentos dados a conocer por Wikileaks y Edward Snowden.
Hasta la semana pasada, ningún bochorno había empañado esta limpia trayectoria. Pero el miércoles 19, como antes otros prestigiosos medios de comunicación, debió hacer un doloroso mea culpa: “El periodista de Der Spiegel Claas Relotius ha falsificado historias propias e inventado protagonistas, con lo que ha engañado a los lectores y a sus colegas”, reconoció el semanario en su página web.
El escándalo fue descubierto después de una investigación interna y también gracias a la propia confesión del periodista. El reportero llevaba año y medio contratado, pero colaboraba desde siete años antes.
Este caso, lamentablemente, no es único.
En mayo de 2003 The New York Times reveló que su reportero Jayson Blair había inventado entrevistas, plagiado artículos de otros medios y descrito lugares donde nunca estuvo. Una obra maestra de la mentira en aras del éxito personal.
Ese bochorno del diario más prestigioso del mundo no es único. The Washington Post todavía no se repone, pese a los años transcurridos, de su propio traspié en 1981 cuando Janet Cooke inventó a “Jimmy”, un drogadicto de cortos años. Al ser descubierta, devolvió el premio Pulitzer que le habían dado y abandonó el periodismo.
Queda pendiente otro “clásico”: el caso de Stephen Glass, periodista que tuvo una fugaz pero deslumbrante carrera en la revista The New Republic. Antes de ser descubierto, Glass inventó entrevistas, citas textuales y acontecimientos. Su simpatía personal le ayudó a vivir de la ficción hasta que fue descubierto. Hace un par de años, en 2016, él mismo reveló haber pagado más de 200 mil dólares a su antigua revista y otras publicaciones a las que engañó.
No se sabe si ha sucedido algo parecido en medios chilenos. Sí sabemos que nunca ha habido un doloroso mea culpa como el que presentó The New York Times a sus lectores, luego del caso de Jayson Blair. Además, el diario de Nueva York anunció que crearía un “representante del lector” (Ombudsman) a fin de mantener una vigilancia activa sobre el trabajo de los periodistas.
En la actualidad, el Public Editor de The New York Times ya fue suprimido. Lo mismo el ombudsman de The Washington Post. Tampoco existe en La Tercera el representante del lector.
Alguien creyó -equivocadamente- que ninguno de estos cargos prestaba utilidad. El precio, casi inevitable, es que surja la tentación de imponer nuevas restricciones legales.

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