Jueves, 20 de Septiembre de 2018
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Opinión

La filosofía como bien de consumo

Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Afirmo que la filosofía es un bien de consumo. Solo que es de aquellos de “primera necesidad intelectual”, esos cuya exclusión amenaza seriamente la salud espiritual y pone en riesgo la propia dignidad y vida humana.
A propósito del debate en torno al nuevo intento de excluir la asignatura de Filosofía del currículo escolar, se ha dicho que esta “nos enseña a pensar”, lo cual estimo que es un error: la filosofía, más bien enseña lo que otros pensaron y que nos servirá de referente, de insumo para la crítica, de base para la argumentación, de piso desde el que empinarnos a niveles más elevados de reflexión. Es una disciplina que ayuda a ejercitar el espíritu crítico, discernir entre lo verdadero y lo falso, ordenar el pensamiento y, por cierto, “conocerse a sí mismo”. Nada menos.
Qué profunda contradicción se evidencia en este intento. En Chile no pasa un día sin que alguna autoridad política, judicial o religiosa señale la necesidad de educar en valores y de procurar un nuevo y verdadero liderazgo ético en nuestra sociedad. Y, mientras, se pretende cercenar el currículo, desterrando precisamente el espacio escolar llamado a esa tarea. Qué ironía más grande será leer los altisonantes objetivos de nuestra Ley General de Educación, cuando señala: “La educación debe ofrecer a todos los niños y jóvenes, de ambos sexos, la posibilidad de desarrollarse como personas libres, con conciencia de su propia dignidad…” y a la vez, excluye el estudio sistemático del pensamiento de Platón, Santo Tomás, Descartes, Kant o Sartre.
Enseñar filosofía siempre será un aporte significativo. Una buena clase de filosofía permite enterarse que no somos los primeros en cuestionar nuestra existencia, nuestro ser o nuestro rol en el mundo. La clase puede estimular habilidades dialógicas y reflexivas, desarrollando al mismo tiempo el pensamiento hipotético, crítico y lógico. Un buen profesor de filosofía sabrá cómo estimular, en su clase, la búsqueda de la verdad, la rigurosidad argumentativa y la expresión de ideas, cosas que tanta falta hacen a nuestros jóvenes, en estos tiempos de reinado de la posverdad.
El intento excluyente, no importa si proviene del Consejo Nacional de Educación o del Ministerio del ramo (que ya en agosto de 2016 lo había intentado, arrepintiéndose a última hora), ha permitido comprobar: Que pocos saben qué es lo que realmente ocurre al interior de las clases de Filosofía en los establecimientos. Que hay una mayoría ciudadana que defiende la permanencia de la asignatura, aunque sea con argumentos vagos, frases hechas y lugares comunes.

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