La grieta y la frustración

20 Agosto   526   Opinión   Abraham Santibáñez
Columnista Diario El Centro Abraham Santibáñez
Abraham Santibáñez

Secretario General Instituto de Chile

 

A mediados del siglo pasado, Aníbal Pinto Santa Cruz describió lúcidamente la historia económica de Chile como “un caso de desarrollo frustrado”. De manera parecida, aunque no igual al resto de América Latina, la economía chilena había ido de frustración en frustración por seguir un modelo de crecimiento hacia afuera. Casi tres cuartos de siglo después, aplicando un modelo distinto de desarrollo, Chile sufre problemas derivados de guerras comerciales externas, pero goza de un indesmentible crecimiento.


Al otro lado de la cordillera, Argentina también ha sufrido frustraciones a lo largo de su historia, pero en este siglo XXI la han marcada más los errores propios que las decisiones foráneas. El modelo exportador funcionó hasta la posguerra, pero más tarde el populismo desmesurado de Perón y sus seguidores le cerraron la puerta a cualquier modernización.


En 2015, los votantes le dieron a Mauricio Macri una histórica oportunidad de corregir el rumbo, pero no estuvo a la altura. Su fracaso en las primarias de este año, lo dejó perplejo, con una mala reacción inicial que trató de borrar luego con una improvisada batería de decisiones. La imagen de estos días es que la “grieta” que divide al país se ahondó significativamente. “El juego se acabó”, sentenció en portada la revista “Noticias”.


El primero que habló de “la grieta” fue el periodista Jorge Lanata. En la entrega de los Premios Martín Fierro en 2013, habló de una “grieta irreconciliable” en la sociedad que “es lo peor que nos pasa”. Explicó que es un fenómeno que trascendió lo político y que permanecería después del gobierno de Cristina Fernández. No se equivocó.


El domingo 11 de agosto, el Presidente Macri fue derrotado por una aplastante mayoría del kirshnerismo (47 por ciento contra 32 por ciento), cuya lista encabezaba el atípico peronista Alberto Fernández mientras que la ex presidenta Cristina Fernández se guarecía en un discreto segundo plano.


Desde la década de los 40 del siglo pasado, el peronismo ha marcado la historia argentina. Ningún otro movimiento social o político se le parece en nuestro continente. La saga de Juan Domingo Perón y Evita ha dado la vuelta al mundo como un fenómeno sin precedentes, inspirador de decenas de libros y un gran musical: “Evita”, cuyo tema central aún resuena por todo el mundo.


Nos guste o no (y a muchos argentinos no les gusta), “No llores por mí, Argentina”, está en el subconsciente de varias generaciones de latinoamericanos que han visto cómo el país con más potencial del continente ha ido de tumbo en tumbo, “cuesta abajo en la rodada”.


El desplome no fue inmediato ni es de exclusiva responsabilidad del peronismo. En el pasado Estados Unidos y Argentina compartían u promisorio futuro: tenían tierras fértiles y eran fuertes exportadores. Pero sus diferencias se pusieron de manifiesto en la crisis del 30. Estados Unidos era, además, un país industrial con el cual el modelo agroexportador argentino no pudo competir.


No debería sorprendernos la conclusión del The Economist que, se mantiene vigente como lo era hace cinco años: “La parábola argentina muestra que es fundamental tener buenos gobiernos. Ningún otro país estuvo tan cerca de convertirse en una nación desarrollada y perder la oportunidad de lograrlo”.


La que era la nación del futuro quedó atrapada en el pasado. Ese sí que es un caso de desarrollo frustrado.