Sábado, 22 de Septiembre de 2018
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Opinión

La Iglesia: el problema y la oportunidad

Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Así como hace algunos años la corrupción descubierta en la FIFA no hizo perder el gusto por el fútbol a millones de fanáticos en el mundo, es de esperar que los numerosos casos de corrupción moral y conductas impropias que día a día se está descubriendo al interior del clero, no hagan perder la fe y alejen de la Iglesia a los millones de católicos en el mundo.

Con perdón para aquellos que puedan estimar que la comparación anterior es demasiado liviana, quiero comentar la consternación y la esperanza que percibo en muchos católicos a quienes conozco. Consternados, porque jamás pensaron que la Iglesia y el clero en quienes confiaban, iban a traicionar de tan abyecta y contumaz forma esa confianza. Pero, a la vez, esperanza, una de las bases más profundas de su fe, en que por sobre este mal actuar de algunos (demasiados), primará la solidez de sus creencias.
¿Qué hace que tantas y tan diversas conductas abusivas, sexuales y de conciencia, se hayan anidado en la Iglesia católica, mientras que, en otros credos de raíz cristiana, aparentemente no existen? ¿Por qué han sido sacerdotes católicos los responsables de tanta conducta deshonesta, especialmente con los niños y jóvenes que, inocentemente se acercaban a la fe a través suyo? ¿A qué se debe que, hasta donde sabemos, estas conductas no han ocurrido en las iglesias protestantes, ni ortodoxas ni anglicanas, como tampoco en credos más alejados del cristianismo?
¿Será la imposición del celibato, una exigencia que contraría todos los instintos y la naturaleza misma del ser humano, que les hace esconder y, a veces, desviar esas pulsiones hacia formas social y moralmente repudiables? ¿Será cierto que un sacerdote casado y con familia, distraería en ellos parte importante de su tiempo, restándolo al que debiera destinar a la comunidad? ¿Será cierto, como dice el argumento en que descansa el celibato, que el corazón del sacerdote se vería dividido entre el amor por la comunidad y por su propia familia, de tenerla? ¿No sería preferible que el sacerdote formara su familia, tuviera pareja, hijos y responsabilidades familiares, si se le asigna el rol de orientador y consejero paternal o conyugal?
Sé, porque conozco la Historia, que la Iglesia se mueve a pasos lentos y cambia al ritmo de siglos o milenios. Y es por eso, precisamente, que la circunstancia actual le pone en una privilegiada ocasión para cambiar la antigua exigencia eclesiástica del celibato, que no estuvo en el origen de la Iglesia, sino sólo a partir del siglo XII (e, incluso desde ahí, recurrentemente transgredida). El actual Pontífice debiera aprovechar la vergonzosa situación por la que atraviesa su Iglesia e impulsar este cambio, verdaderamente trascendental.
El Papa Francisco debiera recordar que la mejor forma de enfrentar los grandes problemas, es mediante grandes soluciones. Y que su pontificado debiera pasar a la historia como aquel que se atrevió a dar este gran paso.
Ya lo dijo San Juan Pablo II en julio de 1983: “El celibato no es esencial para el sacerdocio; no es una ley promulgada por Jesucristo.”

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