Domingo, 23 de Septiembre de 2018
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Opinión

La justificación de los Medios

Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Donald Trump no es ningún santo, y menos de mi devoción. No obstante, la columna recientemente escrita en el New York Times, una más de tantas críticas a su gobierno, debiera mover a la reflexión a quienes nos interesamos en la política, la libertad de prensa y los límites de ambas, considerando dos aspectos de ella: Primero, que tal escrito aparece publicado de manera anónima. Y, segundo, que su autor sería un destacado miembro del gobierno encabezado por Trump.
El que un Medio acepte publicar una columna anónima es muy excepcional. Se ha hecho, a veces, considerando que publicar el nombre del autor le pondría en grave riesgo, cuando el escrito ha estado dirigido contra algún régimen totalitario, lo que no es el caso. La democracia norteamericana y la solidez de sus instituciones son suficiente garantía para quien se atreva a escribir una crítica. Por ello, llama la atención que se haya aceptado mantener el anonimato de quien escribe revelando supuestos detalles del caótico y tóxico ambiente de la Casa Blanca en la era Trump. Si se admitiera que el anonimato es aceptado a la hora de escribir una crítica o revelar detalles controvertibles de un gobierno, ¿qué diferenciaría la verdad honesta de la infamia insidiosa? ¿Dónde acabaría la credibilidad de los medios si se aceptara imputaciones anónimas? ¿Qué línea separaría el chisme de la crítica responsable?
Y, por otra parte, el supuesto autor de la Columna dice ser un alto miembro del gobierno y sostiene que, reiteradamente, bloquea, oculta o anula documentos que, en su criterio, contendrían decisiones inconvenientes para el país. De ser así, ¿dónde queda, entonces, la lealtad al equipo del que forma parte? ¿Será que quiere deslindar responsabilidades y atenuar su culpa, revelando secretos de una administración fatídica? La traición hacia quien le designó ¿le compromete menos? ¿La deslealtad es atenuante?
¿Puede un medio de comunicación, en aras del buen gobierno y en la defensa de la conveniencia nacional, saltarse la ética y cobijar la maledicencia anónima? ¿Puede un alto funcionario, en busca de la corrección y el buen gobierno, traicionar la confianza de quien le puso en ese cargo? Los medios siempre han estado expuestos a servir de vehículo a la difamación y el descrédito y una de las formas de defensa ante aquel peligro ha sido, hasta ahora, la exigencia de dar la cara, hacerse responsable de lo escrito, poner el nombre y aceptar las consecuencias.

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