¿La política divide?

31 Agosto   598   Opinión   Rodolfo Schmal S.
Columnista Diario El Centro Rodolfo Schmal S.
Rodolfo Schmal S.

En la década de los 60, los de la guerra fría, del mundo bipolar, en América Latina no pocos cayeron bajo el embrujo de la revolución cubana. En Chile, las elecciones presidenciales del 64 estuvieron marcadas por este contexto, con una poderosa izquierda marxista, una derecha que no atinaba, y una democracia cristiana (DC) en ascenso que logra ganar la presidencia en 1964.
Para la derecha, el gobierno de Frei Montalva fue mucho más allá de lo que esperaban, en tanto que la izquierda le negó la sal y el agua. El ambiente político estaba crispado, y hasta en las mejores familias se respiraban las diferencias, entre cónyuges, entre padres e hijos.
De lo expuesto ¿se puede afirmar que la política divide? ¿no será la realidad la que nos divide? Las distintas percepciones, miradas, énfasis sobre las más diversas temáticas, no son acaso naturales, consustanciales a nuestra naturaleza humana, a nuestros intereses, a nuestras respectivas vivencias. La política no haría más que desnudar, poner sobre la mesa estas miradas, las que pueden ser tan similares como opuestas a las que uno tiene.
Hay sectores que enfatizan la necesidad de la unidad nacional. Muy loable, por cierto, pero no se puede forzar, sobre todo en un contexto marcado por las extremas desigualdades en todos los planos, tanto económicos, como sociales, culturales, educacionales.
La política no divide, por el contrario, hace posible que las divisiones se expresen, se relacionen, se comuniquen. La división existe, es consustancial a la existencia de distintos pensamientos sobre las más diversas materias. La buena política, la verdadera, supone la existencia de redes de comunicación e información para la resolución pacífica de los conflictos o diferencias inherentes a toda sociedad, procurando que ellas no se exacerben, buscando puntos de confluencia, de negociación, de conversación. La mala política, o la politiquería, supone que los políticos no conversan, que no se escuchan, que los espacios son más de confrontación que de conversación. La política supone el uso de la palabra por sobre la bayoneta, de la persuasión, de la negociación por sobre la imposición.
La unidad nacional sin política es una falacia, es esconder los problemas bajo la alfombra. Proscribir la política, se ha comprobado que abre espacio a lo peor de una sociedad, la imposición de la fuerza bruta, de la hipocresía y de la delación.
Si no nos gusta la política como está, la solución no está en desterrarla, sino que, en mejorarla, en rescatar su sentido más pleno, que no es otro que el de ser un espacio de conversación en torno a los problemas que nos aquejan para resolverlos de común acuerdo. Si no nos ponemos de acuerdo en un plazo razonable, dirimir mediante un voto emitido en forma libre, sin violencia y sin presiones.
Así de simple. La política existe desde el minuto que vivimos en sociedad, junto con otros. Cuando creemos, o afirmamos que no existe, o cuando se dice o amenaza que acá no se habla de política, estamos dejando que ella sea usurpada por terceros para llevar agua a su molino.