La política en tiempos de Redes Sociales

20 Mayo   339   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Recientemente el Senador Insulza ha reclamado del excesivo poder que tendrían las redes sociales, al influir y conducir la opinión pública hacia rumbos no deseables, restando a los centros de poder tradicionales ese ascendiente.
Sus palabras, pronunciadas específicamente como reacción a un reciente estudio de opinión pública que señaló que más del 80% de los chilenos considera que las instituciones están en crisis en el país, fueron inmediatamente respaldadas por numerosos políticos de las más variadas tendencias.
¿Tiene razón el Senador Insulza al decir que las redes sociales han adquirido demasiada influencia en la opinión pública chilena? La respuesta aquí debe ser, como en tantos otros asuntos, matizada.
Cuando observamos que gracias a las redes sociales se desatan, por ejemplo, levantamientos populares (la llamada Primavera Árabe surgida en Egipto y propagada por numerosos países de Medio Oriente), se denuncian casos de corrupción indignantes (Odebrecht en casi toda Latinoamérica), se evalúa la conducta de personajes públicos, no podemos sino estar de acuerdo en la magnitud de la influencia de este fenómeno comunicacional del siglo XXI. Las redes sociales permiten denunciar, investigar, hacer seguimiento de casos y, también, juzgar y sancionar conductas, en las más diversas esferas sociales, comenzando por la política, la religión, la economía o el deporte. De no ser por el rol que cumplen las redes sociales, denuncias tan trascendentales como las hechas por WikiLeaks no habrían alcanzado el nivel de conocimiento público que lograron.
La sintonía e inmediatez que las redes sociales logran con la gente común y corriente, la masividad de respuesta, la rapidez de difusión y de convocatoria que poseen es de tal envergadura, que resulta del todo explicable que susciten la suspicacia (léase envidia), de otras instancias sociales que, antaño, detentaban de manera hegemónica ese poder. Cuando el Senador Insulza critica la excesiva influencia que, sostiene, poseen las redes sociales, en el fondo está nada más que explicitando la envidia que él, sus colegas parlamentarios y toda la clase política sienten. ¿No debieran ser los políticos los denunciantes de tanto caso de corrupción, en vez de ser los protagonistas de esas conductas? ¿No debieran ser los partidos políticos los referentes que aglutinen y canalicen el sentimiento popular, frente a esos y otros casos de preocupación masiva?
Es cierto que las redes sociales, también, permiten la difusión de información falsa y, a veces, hasta verdaderos linchamientos virtuales. Pero quejarse y lamentar su influencia, por el riesgo de manipulación de que puede ser víctima la opinión pública es, por decir lo menos, una conducta paternalista, propia de quienes quieren seguir siendo los únicos con esa capacidad.
Ir contra las redes sociales es intentar detener la fuerza de la marcha histórica y el cambio social. Y, me temo que para el Senador Insulza y para tantos que opinaron como él, dichas redes se quedarán aquí por mucho más tiempo que sus críticos.