La salvaguardia del patrimonio

27 Mayo 2018   927   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

El hombre y los pueblos valoran ciertas manifestaciones culturales suyas como realidades propias que deben preservarse. De ahí que se diga hoy con frecuencia “salvaguardar el patrimonio”. Esto da cuenta de la nueva consciencia que la comunidad posee sobre los bienes culturales, así como de la conducta que se exige para protegerlos, dado que expresan la identidad de un pueblo y territorio. En este sentido, el “Día del Patrimonio Cultural”, contribuye a ello.

La salvaguardia del patrimonio es salvaguardia de la memoria, personal o colectiva, preservación del espíritu propio y apropiado según el acontecer temporal e histórico. La preocupación contemporánea por “rescatar” o “salvar”, revela que están en juego no solo objetos, monumentos y creaciones artísticas culturales del hombre. Es que la salvaguarda del patrimonio apunta a algo más grave y trascendente: sencillamente está en juego la memoria viva, esto es, el espíritu del hombre y sus manifestaciones que lo hacen habitar el mundo.
Más allá de la institucionalidad que tenga el país y por la que se declaran los “monumentos nacionales” o las “reservas” de la naturaleza por el carácter nativo, sean glaciares, bosques, espacios geográficos o edificaciones, lo llamativo en la actual sociedad globalizada, es que existe la búsqueda creciente por descubrir, valorar y preservar el patrimonio. Como señala con acierto Zaida García, “los bienes patrimoniales representan los valores socioculturales que identifican a un pueblo” (Conserva N° 14, 2010). ¿Cuáles son esos valores? ¿Qué corresponde preservar? Con estas preguntas se advierte cuán dinámica y viva es la noción del patrimonio cultural. Es que la heredad la recibe y custodia un pueblo en cuanto éste la valora y la reconoce como pertenencia suya.
La heredad patrimonial, entonces, identifica al pueblo, que es el sujeto colectivo de la memoria, claro está, no al modo de una realidad física estática e “intocable”. Cuando se trata de los usos y de las costumbres, de lenguas y fiestas, o manifestaciones típicas y religiosas, todos ellos devienen en constante mutación y enriquecimiento, pues cada generación recrea y otorga su impronta.
En estos días del patrimonio cultural, que hacemos el ejercicio ciudadano de visitar, reconocer y apreciar los bienes patrimoniales en variadas expresiones culturales, nos damos cuenta que esas realidades corresponden a la memoria de nuestros pueblos o comunidades, mediante los cuales nos identificamos como tal cual somos, y así nos reconocemos en ellos mismos, con su rica diversidad.