Miércoles, 21 de Febrero de 2018
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Opinión

“La tomó de la mano y la hizo levantar” Quinto domingo del año. Marcos 1, 29-39

P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

“Jesús fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre y se lo dijeron de inmediato. Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos. Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús sanó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a éstos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él. Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros y, cuando lo encontraron, le dijeron: ‘Todos te andan buscando’. Él les respondió: ‘Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido’. Y fue por toda la Galilea, predicando en las sinagogas de ellos y expulsando demonios”.
Para Jesús, el mensaje que debe entregar se resume en lo que dice al inicio de su ministerio en la sinagoga de su pueblo, cuando recuerda los versículos de Isaías que comunican el contenido de la tarea que realizará el nuevo Mesías: vine a dar vista a los ciegos, hacer oír a los sordos, a expulsar demonios y a proclamar un año de gracia del Señor, a liberar a los cautivos. Y esa misión la cumple a cabalidad en todo encuentro que tiene en su caminar. Hoy lo vemos nuevamente junto a los primeros apóstoles y la suegra de Simón enferma. Toda persona requiere ser integrada, reconocida. Y eso es lo que ocurre en este signo. La mujer que estaba relegada por la enfermedad es traída a la comunión con todos. Es devuelta a su misión de ser madre, de ser persona, algo que la enfermedad le había quitado.
Y luego de sanar a la mujer, Jesús, continúa devolviendo la salud a muchos más que llegan hasta donde se encuentra. No es algo que Jesús realiza por interés político ni económico. Su interés pasa por la salvación de todo el hombre. Por la vida eterna que es para todos. El diálogo con su Padre en la oración le permite no perder el centro de su atención y tarea que es el Reino. De ahí el apuro por continuar predicando en los pueblos vecinos.
La misión del Reino de Dios, la Buena Nueva es lo que mueve toda su voluntad. Es por esa razón que no se deja impresionar por el cariño y el deseo de que se quede, seguramente, en ese pueblo. En otros lugares hay también muchos necesitados de la palabra de Dios. La sanación de los diversos males está en sintonía con ese objetivo. Todo debe hablar de la bondad y el cariño que Dios tiene por sus hijos. Quiere compartir su bondad con aquellos que no han tenido nada, y no por una voluntad o mirada política, sino por el simple hecho de que no recibieron nada cuando la tierra produce frutos para todos.
Cómo contrasta esta actitud con la que muchos tienen, de apegarse a las personas y a las cosas, casi como bienes personales. La atención puesta en uno mismo provoca esas desviaciones de la tarea misionera y la va debilitando, porque al no recibir de vuelta lo que se ha entregado comienzan las recriminaciones y los celos pastorales. Se dan las situaciones de poca libertad y, con ello, un mal testimonio de Iglesia. Sería tan fácil hacerse a un lado para no dañar la tarea pastoral, para no desintegrar las comunidades. Sería tan útil el hacer oración mirando a Jesucristo y mirando el bien de la comunidad, por encima del bien personal. Los catequistas y sacerdotes o religiosas(os) hacen un bien enorme en cada lugar por donde pasan cuando son libres de su propia fama, cuando renuncian a mostrarse y dan lugar a todo lo que muestra a Jesús, en personas y en acontecimientos.

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