Lafourcade, el cronista y la política

05 Agosto   554   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Merecidamente, estos días han abundado los homenajes, los análisis retrospectivos, los recuentos y balances de la obra literaria de Enrique Lafourcade, que hace unos días completó su partida de este mundo. Poco es lo que se puede agregar a los profundos análisis y las agudas observaciones que su deceso ha motivado. La calidad de sus novelas, la perspicacia de su observación de mundos ajenos, lo amplísima que resulta su temática puesta en comparación con otros que discurren no más que variaciones sobre el mismo tema y, en fin, un viaje evaluador a través de sus obras.

 

No obstante, en la mayor parte de esos análisis he echado en falta una mirada atenta a su amplia producción de crónicas. Se bien, dijo el escritor, que algunos estiman la crónica un género menor, una suerte de distracción, un mero ejercicio de la pluma que permite agudizar la mirada, desempaquetar el lenguaje y esbozar ideas. Según ellos, la crónica está bien como pasatiempo mientras llega una gran obra.


Lafourcade refutó lo anterior. Para él, la crónica iba mucho más allá. La inmediatez que exige, la observación profunda y, a la vez, la capacidad de condensar en unas cuantas líneas ideas suficientemente nítidas y certeras, la necesidad de escribir unos pocos párrafos seguros y definidos para dejar en claro qué se quiere decir, son requerimientos mayores. Él lo sabía y, por eso, se arriesgaba cada semana a poner por escrito, en un lenguaje claro, erudito, sagaz, reflexivo y, sobre todo, irónico, su particular visión del devenir del país.


En ese ámbito, fueron memorables algunas de sus crónicas acerca de la política y los prohombres que la ejercen. En ellas hizo gala de lo señalado: una erudición sorprendente para citar discursos, posturas (más bien imposturas) y parentescos, combinadas con la sagacidad de quien acostumbra ver bajo la superficie de variadas aguas. En estas crónicas Lafourcade se permitía reflexionar sobre la marcha del país, hacia dónde le llevaban los que lo conducían y lo descorazonador que podía resultar la visión de aquella meta.
Le escuché comparar, gastronomía mediante, los tiempos antiguos y los de hoy en la política. Antes, dijo Lafourcade, la política y sus próceres era como un gran plato de cazuela, un charquicán condimentado o una carbonada calientita. Hoy, qué pena, la política y su gente no es más que uno de esos platos light, llenos de aire, preservantes y edulcorantes, sin enjundia. Sin sustancia.


“Cuando los políticos eran inteligentes” llamó a su última selección de aquellas crónicas. Fue una dispareja comparación y semblanza de los servidores públicos de antaño y los que ejercían el oficio en los ’90 (algunos siguen todavía). Demás está decir quién sale perdiendo en el cotejo. Lafourcade cita grandes nombres. Antaño parece que abundaban políticos ilustrados, preclaros, decididos, vehementes, sólidos. Dotados de una oratoria hipnótica, una memoria prodigiosa y una sintonía directa con el pueblo. Hoy, dijo Lafourcade hace dos décadas, pareciera que el computador, internet y las encuestas les han secuestrado el cerebro y dejado en su remplazo meros discos duros llenos de cifras, porcentajes e insulseces. Y a veces, ni eso.