Las contradicciones que nos acosan

18 Mayo   308   Opinión   Rodolfo Schmal S.
Columnista Diario El Centro Rodolfo Schmal S.
Rodolfo Schmal S.

Vaya que cuesta ser consistentes. Todos los días nos toca conocer casos en que se pone a prueba un mínimo de coherencia, en todo orden de cosas. Desafortunadamente, en general fallamos.
No es necesario ir demasiado lejos para descubrir las contradicciones que nos acosan. Basta ver cómo andamos por casa. En Chile entre las principales banderas con que triunfó la coalición gobernante, ChileVamos, destacaron la necesidad de terminar con la inseguridad, con el nepotismo y la corrupción, así como retomar la senda del crecimiento. A más de un año de gobierno la inseguridad no muestra visos de amainar, los portonazos andan a la orden del día, así como los delitos, cada vez más violentos, contra las personas y la propiedad. El nepotismo, que en el pasado se daba al por menor, ahora parece enseñorearse al por mayor multiplicándose como conejos los apellidos ilustres, a vista y paciencia de todos, y también tras las bambalinas. Y la corrupción, en vez de batirse en retirada pareciera estar viviendo sus mejores tiempos, particularmente en las más altas esferas.
Prueba lo expuesto que los titulares de los más diversos medios de comunicación dan cuenta ya sea de un delito, de esos callejeros, o de compraventa de favores entre personeros de cuello y corbata, o de viajes de hijos acompañando a sus papás, echando por tierra toda la verborrea en torno a la meritocracia y la igualdad de oportunidades.
En relación a la situación venezolana, se ha llegado al extremo que quienes hicieron la vista gorda y avalaron la dictadura del innombrable y los atropellos a los derechos humanos, hoy hacen gárgaras con la trágica realidad que se vive en dicho país, acusando al gobierno de Maduro de dictadura. No calza. Sí calza que quienes se opusieron a la dictadura chilena, también se opongan al gobierno de Maduro, por estar destruyendo a Venezuela, por su conexión con el narcotráfico, por su talante mafioso, por haber perdido hace rato su carácter democrático. No es una dictadura en el sentido clásico, puesto que de otro modo Guaidó no podría andar por las calles como Pedro por su casa. Bajo una dictadura ya lo habrían agarrado, o desaparecido o exiliado, como lo hacen las clásicas dictaduras. Pero sí debe reconocerse que se parece harto a una dictadura.
Las contradicciones suman y siguen. En lo religioso, no pocos curas y pastores, pregonan el buen comportamiento, mientras por detrás hacen de las suyas tirando por la borda la confianza depositada en ellos. En lo político los adalides de la democracia hacen la vista gorda con la vulneración de los derechos humanos cuando de comerciar se trata. la necesidad tiene cara de hereje.
Estos son los tiempos actuales, llenos de contradicciones que nos obligan, más que nunca, a estar ojo al charqui, al cateo de la laucha, atentos al salto de la liebre. Insisto, más que nunca, tenemos que estar despiertos, confiar, pero no a ciegas; tenemos que ser capaces de discernir, de ver bajo el agua. Tenemos que aprender a bailar la música que nos gusta, no la que nos ponen.