Las horas ya no son las de antes

21 Enero   522   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Me está ocurriendo cada vez más a menudo que los minutos y las horas se me acortan. ¿No ha tenido el Lector una sensación parecida? Esa percepción de un tiempo que transcurre más de prisa y que las horas ya no duran lo que antes. Y si, antaño, una hora daba para mucho, hoy ya no alcanza para casi nada.
Vivimos tiempos en que el mercado nos ofrece miles de “cosas” que, en teoría, permiten extender el tiempo libre y hacer más breve el que destinamos a tareas demorosas. Pero, paradojalmente, eso no nos ha extendido el tiempo sino, al contrario, lo ha reducido todavía más. El apuro y el atraso se han hecho consustanciales, pese a que el “desarrollo” nos ofrecía lo contrario.
Antes, caminábamos al colegio, al trabajo, al comercio. Demoraba su tiempo, claro está. Hasta que logramos tener un automóvil que, en teoría, nos llevaría más de prisa. Pero no contamos con que miles harían lo mismo, bloqueando las calles, escaseando los estacionamientos y tardando horas en atascos interminables. A veces llegamos a pensar que más nos valdría volver a caminar.
Antes existían almacenes ¿se acuerda el Lector?, a los que acudíamos a comprar cosas precisas, pidiéndolas al dependiente que, ágilmente, nos las vendía y regresábamos a casa. Hoy, tenemos supermercados, en que no hay dependientes y casi nadie que nos resuelva alguna duda. Y la compra se nos extiende por mucho más que en el antiguo almacén, divagando por decenas de variedades de galletas, detergentes y endulzantes, para escoger al final casi cualquiera y hacer filas eternas en las cajas. Para ir, rápidamente, a buscar el auto y enfrentar otra larga fila antes de salir del estacionamiento a la calle que, atestada, nos llevará después de horas, a nuestra casa.
Antes íbamos al cine, ¿se acuerda? Teníamos tiempo para ello. Nos preparábamos un día por la tarde y, tras ágil caminata, llegábamos a ver la película de nuestra elección. Hoy tenemos televisores de decenas de pulgadas y miles de pixeles, conectados a cables de cientos de canales, y redes con miles de títulos instalados en nuestra propia casa. Y, en teoría de nuevo, podríamos ver la película que quisiéramos. Si es que logramos llegar a ella sorteando la maraña de opciones, horarios, idiomas y, además, preferencias del grupo familiar. Al final, vemos recetas de cocina, documentales rock, monitos infantiles y teleseries españolas por horas, hasta que, por fin, el televisor queda disponible, cuando es hora de dormir, porque debemos levantarnos temprano y salir antes del taco interminable.
La modernidad nos ha mentido. Nos prometió tiempo de sobra para nuestro relajo, esparcimiento y diversión. Pero nos mintió. Nos hizo comprar adminículos que, suponíamos, nos ahorrarían tiempo (pero no dinero), que podríamos emplear a discreción. Y, hoy, descubrimos que no es así. Hay que limpiarlos, repararlos, cargarlos, reiniciarlos y para peor, pagarlos en cuotas interminables que nos exigen trabajar tiempo extra, ese tiempo que, suponíamos, iba a ser de relajo, esparcimiento y diversión.
Por eso las horas son más cortas que antes, cuando me sobraba tiempo para escribir esta Columna que, hoy, apenas alcanzo a terminar.