Los ancianos viven demasiado

18 Febrero   3472   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

“Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global. ¡Tenemos que hacer algo y ya!”
Cuando leí tamaña frase, dicha por Christine Lagarde, la economista gerenta del Fondo Monetario Internacional, lo primero que pensé era que seguramente estaba sacada de contexto, que se trataba de una noticia falsa, de esas que están de moda, o simplemente que había sido un traspié producto del apuro de tanta entrevista que esta señora debe dar cada día. Pero no. La frase fue parte sustancial de unas declaraciones realizadas por esta señora en 2017, a propósito de la visión que tiene el FMI de las perspectivas económicas mundiales hacia 2050.


Dice la economista que el progresivo aumento de la esperanza de vida, no sólo en los países desarrollados, sino también en los demás, configura una especie de amenaza demográfica que es necesario acometer desde ya. Los ancianos, la tercera edad, los adultos mayores o como quiera llamárseles, están aumentando su proporción respecto del total demográfico y esa realidad es la que la señora en cuestión estima amenazante. Su perspectiva economicista, o sea una mirada estrictamente económica y prescindente de otras consideraciones, evalúa negativamente que un sector de la sociedad, probablemente de baja productividad, crezca proporcionalmente mucho más que los “productivos”. Y como, además, las características propias de la edad avanzada incrementan los requerimientos del sistema social y de salud, convierten a este sector en una “carga” de la que es necesario desprenderse.
Los ancianos son un riesgo, dijo la Sra. Lagarde sin asomo de duda, culpa ni vergüenza. Ni autoanálisis tampoco, porque esta señora hace tres años que integra esa edad que considera excesiva y gravosa.
Los ancianos viven demasiado, señaló la economista, lanzando tamaña frase con todo el desparpajo y la displicencia que le provoca su alto cargo. Como si enterar años, lucir arrugas y peinar canas, fuese pernicioso para los intereses sociales.


Tenemos que hacer algo ya, declaró perentoria y aterradora la economista. ¿Qué quiso decir con esto? Las posibles respuestas son las que dan miedo. El espectro de opciones que se abren frente a las urgentes medidas reclamadas por una de las líderes mundiales más connotadas es, por decirlo de alguna manera, apocalíptico.


¿Quiso decir la Sra. Lagarde que hay que tomar medidas para disminuir la esperanza de vida que hoy exhiben los países? ¿Habrá que fijar una edad determinada, tras la cual no es conveniente vivir, de acuerdo a criterios de rentabilidad económica establecidos por alguna autoridad? ¿Las economías mundiales habrán de actuar para estimular la productividad de los ancianos, so pena de desecharles si no lo hacen? En cualquiera de las opciones anotadas, lo único reconfortante es que, de adoptarlas alguna mala vez, la Sra. Lagarde sería de las primeras en la fila de ancianos prescindibles.


Mi abuelo, un anciano, decía que hay opiniones que merecen palos.