Luz del Resucitado

01 Abril 2018   979   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Este “Día del Señor”, tiene como centro y motivo el acontecimiento inaudito del Resucitado que brilla con su luz. La llegada de los apóstoles a la tumba descubierta por ellos vacía, hizo pregonar un hecho impensado. El nerviosismo y el gozo por anunciar pronto lo increíble, cundió entre los discípulos que habían vivido el desamparo de la muerte en cruz del Maestro. La frustración los tuvo en ascuas. ¿Era mera fantasía lo vivido con Él?

Porque Cristo Jesús –Hijo eterno del Padre- nació y creció entre nosotros. Convivió en Palestina. Hizo de discípulos y apóstoles. Anunció la llegada del Reino. Con su pasión sembró en el campo del mundo la sabiduría inmortal: “bienaventurados los pacíficos”; “perdonad a los que os ofendan y os odien”; “este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado…”; “buscad el reino y su justicia y lo demás se os dará por añadidura.”
¡Jamás se habían escuchado tales palabras de vida!
Generaciones de discípulos nutridos en estas enseñanzas testimonian: “¡Jesús ha resucitado!”, noticia gozosa acogida en la fe viva, que recorrió continentes, naciones, ciudades y pueblos; cautivó a los sencillos y los pobres, consoló a los tristes, abrió rutas a quienes buscaban un sentido a la existencia, hizo pensar a intelectuales, temblar a los poderosos, inspiró el arte y la civilización. Diversas culturas y formas de vida recibieron el mensaje, no sin conflictos y contradicciones. En las controversias, la doctrina de la fe se hizo más clara y más penetrante.
El Resucitado es fuente de inagotables alegrías. Manantial de amor fresco. Las heridas de la culpa, el pecado, el sufrimiento y el horror de la maldad maquinada por el hombre encuentran en la Cabeza de la Nueva Creación, consuelo, sanación y perdón; sobre todo, el triunfo definitivo del mal y la muerte. El miedo ya no paraliza la marcha del auténtico discípulo que escucha: “No temáis, yo he vencido al mundo”.
La realidad del dolor y la ofensa, la injusticia y el odio, del desprecio y el egoísmo, está para siempre derrotada. La vida divina es verdad efectiva que todo lo eleva y transfigura; actúa sigilosa y potente en la historia humana; es esperanza firme que nos hace capaces en la lucha diaria, de lo que para nuestras fuerzas es imposible: ¡entrega de amor sin reservas!
El cristiano es portador la luz del Resucitado; no sucumbe a las circunstancias agobiantes que paralizan y amenazan perder la confianza. “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”, repite con san Pablo. La comunión de los que creemos -pueblo convocado en el Santo Espíritu-, estamos llamados a proclamar la bondad infinita de Dios Padre en Jesucristo.