Maite

09 Mayo   566   Opinión   Jorge Navarrete Bustamante
Columnista Diario El Centro Jorge Navarrete Bustamante
Jorge Navarrete Bustamante

Académico U. de Talca

Siempre fue una niña y mujer bella: delicada, graciosa, prudente, con gran fuerza interior hasta para perdonar casi lo imposible, querible, muy sociable y de convicciones primordiales infranqueables.
Su hermana Pati fue su cariñosa y leal cómplice desde que se conocieron. Su madre Raquel, la consejera sabia, plena de desvelos. Su hermano Daniel, un salvador imprescindible en su existencia. Su hermano mayor, el más ausente pero no el menos sensible de lo que fue su vida. Su padre, Jorge, siempre la atesoró por ser como era, y su hija menor.
Siendo una estudiante normal en cuanto a calificaciones, eligió a los 17 años ser madre dedicada absolutamente a su familia y, en especial, a la formación amorosa de cada uno de sus hijos: Maite Andrea, José Francisco y Nicolás.
Fue una mujer de otro siglo, pero con mentalidad avanzada. Alguna vez, en los años ´80, amparó a su mamá Raquel y abuela Amelia a exigir en la Plaza de Armas de Chillán, justicia y democracia para Chile. Era una mujer librepensadora, francmasona cuando pocas lo eran, progresista en todos los puntos y sentidos, más que su esposo José Ramón, a quién se le bromeaba diciéndole que era el único radical de la familia (hasta abrigo usaba), y quién responsablemente le acompañó en lo que sería la antítesis de sus primeros años de genuina felicidad familiar pues nada hacía esperar que un funesto ataque cerebral a Maitecita cambiaría incrementalmente el gozo de sus vidas.
Se infartó simbólicamente -como suele ocurrir- toda la familia, aunque tal circunstancia la llevaron con excepcional dignidad pues ella preservó la lucidez hasta el final, aun cuando el funcionamiento de su cuerpo se apagaba lánguidamente pero ininterrumpidamente en los últimos de sus 55 años de vida.
Imploró una y muchas veces, la partida digna. No más, decía…, no más… Es que era doloroso para ella constatar que su vida no tenía ya circunstancia digna de continuar, y que se le viera en ese estado.
Su valiente hermana Pati, más de alguna vez expresó llevarla fuera del país para disponer del universal derecho de la muerte digna; sí, de la eutanasia, y así emprender el vuelo de este mundo que le había reportado tanta felicidad y, a la vez, tanta desesperanza en los últimos años de su vida.
Daniel, su galeno hermano en cada instante, al despedirla con su inmenso amor fraternal y genuina convicción laica, le dice: “Ahora estás (o no estás) en el lugar (o no lugar) en el que estuvimos (o no estuvimos) antes de nacer; no podemos saberlo; ...solo sé que estuviste aquí en este mundo, que tu presencia brilló intensa mientras te tuvimos con nosotros, que clavaste tu bandera soberana en la República de tu existencia, que recibimos a raudales la inmerecida gratuidad de tu amor incondicional, y que gran parte de ti queda con nosotros , así como una parte nuestra muere contigo”.
He escrito estas simples letras porque amé mucho a mi hermana Maite… Le rindo mi homenaje, y le pido perdón porque mi patria no pudo entregarle la dignidad debida en la inesquivable partida de su último viaje.