México: entre ansias y temores.

17 Julio 2018   1068   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

La reciente elección efectuada en México, en la que no sólo se eligió al nuevo Presidente sino, a la vez, a las demás autoridades federales, regionales y locales, significó para Andrés Manuel López Obrador (AMLO) una victoria como pocas veces se obtiene. Su coalición partidista, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) consiguió la mayoría del Parlamento, de las Gobernaciones y de los Municipios lo que, según celebran unos y temen otros, otorgará al nuevo Mandatario poderes casi infinitos. Y es por esta última cuestión, el enorme poder que detentará AMLO, que los analistas señalan que México está, a partir de ahora, ante una encrucijada que le podría llevar al futuro, pleno de las gracias que anhelan, o al pasado, lleno de los males que repudian.
Es por ese arrollador triunfo que los simpatizantes de López Obrador y de la coalición Morena viven la euforia de quienes esperan que se produzca, por fin, el anhelado castigo prometido por el Presidente electo, a los dos partidos que se alternaban en el poder, perpetuando los mismos vicios y corrupción que les tienen hartos. Otros, sin embargo, ven el futuro incierto. Temen que el país involucione hasta el antiguo caudillismo autoritario y populista, o su versión moderna: el chavismo venezolano.
No obstante, estimo que el peligro que enfrentará el electo Presidente y la ciudadanía que le eligió, estará más vinculado a las expectativas que su campaña y posterior triunfo generaron. El peligro que viene no son las expropiaciones ni el autoritarismo. El peligro que viene es la desilusión por las persistentes promesas de eliminar la corrupción, superar la pobreza, y terminar con la inseguridad, las que AMLO difícilmente podrá cumplir. Y ese peligro de desilusionar a su pueblo, ha sido generado por el propio candidato, que gustaba proyectar la imagen del patriarca bueno, sabio y poderoso, que va a salvar al pueblo, redimirá a los oprimidos, borrará el pasado y construirá para ellos un futuro glorioso, justo, honesto y seguro.
Y si bien la misma noche de su triunfo López Obrador cambió de inmediato su discurso, dedicando palabras tranquilizadoras a los empresarios y demás poderes fácticos mexicanos, le será difícil renegar ahora de lo prometido. Porque con tal de ganar, el candidato tejió una maraña tan grande de compromisos con fuerzas diversas que estarán expectantes del cumplimiento, que se ve complejo que logre dejar conformes y contentos a todos.
Así, es de esperar que el próximo 30 de noviembre, cuando López Obrador asuma la presidencia, las demandas urgentes de sus bases radicales por un lado y la moderación que le exigirán por el otro los simpatizantes más prudentes, no se traduzcan en una parálisis política o, peor aún, que México no caiga en ese ambiente de movilizaciones permanentes que han sido tan frecuentes en otras latitudes de Latinoamérica. Porque algunos mexicanos estiman que el cambio del partido en el poder no es suficiente, incluso el cambio en la orientación política del gobierno no les es suficiente. La ciudadanía mexicana aspira a lo que el propio López llamó la “cuarta refundación” de México (tras la Independencia, la Reforma y la Revolución). Mientras, otros sólo aspiran a cambios puntuales y parciales, que no pongan al país en el rumbo incierto que quién sabe a dónde podría llevarles.