Momento

11 Noviembre 2018   674   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Detengo la marcha en medio de la agitada y calurosa ciudad de Santiago. A la sombra de árboles y junto a edificios altos, me siento al café, inmediato a oficinas financieras, supermercados, tiendas y centros comerciales. Hasta verduras frescas son ofrecidas. Las calles principales están congestionadas de vehículos. Por las veredas, un ir y venir de gentes laborando, nerviosas.
La esquina donde me encuentro permite disfrutar el momento del mediodía. Pronto tomaré el metro. Pero este reposo, sentado, a la mesa y el café, hace que la mirada atienda a lo que tengo en derredor. El movimiento es intenso. Rostros de todas las edades transitan preocupados y aprisa. ¿A dónde van y vienen? Distingo una anciana cuyo andar sosegado revela estilo. Por ahí sale un grupo juguetón y alegre de obreros empolvados por yeso, para hacer la colación de la jornada.
Al extremo y frente a mí, un par de barítonos interpreta arias de óperas de Verdi. La voz de ambos irrumpe en medio del bullicio que el espacio público tiene, haciendo oír melodías que cautivan a un par de transeúntes. Con el timbre de sus cantos, los instantes son embellecidos.
Cerca mío, observo a un niño de apenas dos años. Está acompañado de sus padres y un hermano algo mayor. Ambos juegan. Tomo el café y vuelvo a mirar. El más pequeño hace una ronda: en círculo baja y sube la escalera del desnivel. Hace el ejercicio de vencer las cuatro gradas, para llegar a la vereda. De ahí, hace la rueda, desciende nuevamente, para volver a subir. Un escalón tras otro, causa alegría al niño, apoyado por el hermano o el papá. La ronda es sucesiva y al fondo el vibrante canto resuena…
Conmueve la imagen.
Porque la vida tierna ensaya una y otra vez en lúdico esfuerzo, ensaya el progreso de sí mismo. De conseguir que la escalinata no sea obstáculo, sino acceso y camino para el paso firme y bien plantado. ¿No corresponde a la propia existencia, por la cual tenemos que hacernos cargo de nosotros mismos?
Las escaleras son para subir, es verdad. Pero también, para bajar. Así vamos y venimos. Hay que saber cómo poner el pie y lograr la altitud adecuada, para dar los pasos hacia rumbo justo y acertado. Asimismo, conviene advertir cuándo hay que bajar. Eso es indispensable.
Y nunca olvidar que la escalera es puente, unión y encuentro, que vincula puntos distantes. Por eso, la “escalera de Jacob”, nos recuerda que también nosotros podemos subir y bajar interiormente, como los ángeles, por la oración, en el encuentro de Dios. Sencillamente es un momento…