Martes, 25 de Junio de 2019

Opinión

Necesitamos un nuevo Pentecostés (segunda parte)

Sergio Rodríguez Varela

Consejo de Pastores

Pentecostés, un evento trascendental e histórico para la humanidad, porque junto a ello nace la iglesia, el cuerpo de Jesucristo que, en cumplimiento a la gran comisión que su Señor le entregara al término de su ministerio terrenal, debería llevar a todas las naciones el evangelio y, con ello, extender el Reino de Dios en todo el mundo (Hec.2)


Pentecostés, para el cristianismo, es el evento que recuerda el derramamiento del Espíritu Santo sobre los creyentes (la Iglesia) y obedece a la promesa del Padre (Joel 2:28) que Jesucristo, el Hijo de Dios, promete a sus discípulos (Lucas 24:49).


Una de las demandas de Cristo, como condición a sus discípulos para el cumplimiento de esta gran comisión, es que ellos debían quedarse en Jerusalén, hasta ser investidos del Poder de lo Alto, (Hechos 1:8). Lo que indica que la naciente Iglesia no sería una organización, ni menos un comité, sino un organismo (El cuerpo de Cristo Efesios 4:12) que, en su misión, se verá enfrentada no solo a las culturas de las naciones, sino que a las tinieblas mismas, gobernadas por legiones de demonios. No obstante, la Iglesia prevalecerá aun en las puertas mismas del infierno (Mateo 16: 18). Desde allí, la necesidad de ser investido de poder, a fin de testificar con eficacia, de la obra poderosa de Cristo en la tierra.


A partir de Pentecostés, los eventos que se comienzan a suscitar en Jerusalén y en sus inmediaciones, son extraordinarios, como la predicación del primer sermón de Pedro, el cual no solo es contenido, elocuencia y carisma admirable, llegando a producir el arrepentimiento en los oyentes (Hechos 2:37-38). A la vez, debemos sumar las señales, los prodigios y los milagros obrados en los enfermos, la liberación de endemoniados y la resurrección de muertos. Todos estos hechos asombraron al mundo de aquel entonces, con razón la Biblia dice “Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá” (Hec. 17:6).


En la actualidad, debemos reconocer que el cristianismo, en la gran mayoría que se dice creyente, es un cristianismo tibio, sin pasión, sin sacrificio, más bien cómodo y mundano, el cual está lejos de ser lo que fue la Iglesia en sus inicios. ¿Cuál es la razón?


Lo anterior más bien obedece a que, en su gran mayoría, los responsables (lideres) han diluido el mensaje, dejando de lado lo que enfatizaba en sus inicios: “Cielos para los salvados, para los creyentes temerosos de Dios y de su palabra, que se santificaron a fin de agradar a su Señor” (Mateo 7:14; 1ra. Tes. 4: 15-17). “Infierno para los desobedientes, creyentes tibios y mundanos, los cuales nunca han nacido de nuevo” (Juan 3:18; Apocalipsis 20:15).


Como Iglesia, necesitamos un nuevo Pentecostés que nos libere de la tibieza espiritual, del acomodo al mundo (Rom.12:2). Que renueve nuestra esperanza, nuestra alegría, que volvamos al mensaje de la cruz, a la renuncia de los intereses personales. Jesús ya lo dijo: Lucas 9:23 “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”. ¡Oh Dios! Danos un nuevo Pentecostés que nos saque de la tibieza espiritual y así mostrar al mundo que el Evangelio es poder de Dios. Amen.

 

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