Negacionismo cuestionado

02 Enero   769   Opinión   Abraham Santibáñez
Columnista Diario El Centro Abraham Santibáñez
Abraham Santibáñez

Secretario General Instituto de Chile

Si Nicanor Molinare Rencoret estuviera vivo y activo, cantando “La Copucha”, se habría dado un festín con las “fake news”. Las copuchas son, por definición, canciones humorísticas donde se cuentan, irónicamente, sucesos no siempre verdaderos.

El pegajoso estribillo (“La copucha, la copucha, va creciendo…”) marcó a generaciones de auditores que sabían que podía tratarse de rumores o mentiras. Hasta hoy, el diccionario define “copucha” como “mentira” y agrega: “expresión contraria a lo que se sabe”.
Pese a la contundencia de la definición, se validó como si fuera cierto la información de que la diputada comunista Camila Vallejo consideraba “la pedofilia como un derecho”. ¿La razón? ¡Lo reprodujo Google!
Google no es un medio. Es solo una herramienta de Internet que reproduce lo que los medios publican, en este caso “La Tribuna de España”, un periódico electrónico dirigido por Josele Sánchez. Embarcada en la polémica, la Tribuna anotó que “el rojerío chileno, que nos acusa de fascistas y de ultracatólicos, aún no se ha enterado que La Tribuna de España mantiene una cruzada periodística contra la pedofilia que no distingue de partidos ni de religiones”.
Ello podría explicar sus irresponsables afirmaciones, pero no que en una radio en Santiago se les haya dado crédito sin confirmarlas.
Todo indica que se trata del nuevo rostro de la modernidad. Porque, como sabía Nicanor Molinare, las “copuchas” vienen de antiguo, ahora amplificadas por las redes sociales.
En este contexto según la BBC, hay una “copucha” en particular, que es “la reina de las teorías de conspiración”. Es antigua y tiene seguidores organizados en todo el mundo quienes aseguran que la tierra es plana.
Los “terraplanistas” son el paradigma de los que ponen en duda las grandes noticias de nuestro tiempo, desde las vacunas a la llegada del hombre a la luna.
Esta tendencia creciente al “negacionismo” no es nueva. Ha existido a lo largo de la historia, pero en la actualidad se ha fortalecido gracias a las facilidades tecnológicas y la gran distancia entre periodistas que trabajan seriamente y los aficionados que repiten cualquier cosa… mientras más espectacular sea, mejor.
La definición del negacionismo es categórica. Según el autor Paul O’Shea, “es el rechazo a aceptar una realidad empíricamente verificable. Es en esencia un acto irracional que retiene la validación de una experiencia o evidencia históricas”. (En A Cross Too Heavy: Eugenio Pacelli, Politics and the Jews of Europe 1917-1943, Ed. Rosenberg, 2008).
En el mundo entero, la principal bandera del negacionismo es el rechazo del holocausto pese a que costó la vida de seis millones de judíos. La versión chilena es más simple: los muertos, torturados y desaparecidos bajo la dictadura pueden haber existido, pero quienes los persiguieron lo hacían en cumplimiento de un deber patriótico: salvar a Chile del marxismo. Y, claro, nunca fueron tantos como en Europa nazi o la URSS, con Stalin y otras dictaduras.
No es fácil superar el rechazo de verdades evidentes.
En la URSS, en 1956, Nikita Jrushov denunció los crímenes del estalinismo en el XX Congreso del Partido Comunista. Pero hasta hoy hay quienes veneran al “padrecito” que lideró a su patria en la guerra contra Alemania nazi.
Aunque no les guste la comparación, es lo mismo que quiso hacer Augusto Pinochet en Chile.