“Niña, yo te lo ordeno, levántate”

01 Julio 2018   1110   Opinión   P. Luis Alarcón Escárate
Columnista Diario El Centro P. Luis Alarcón Escárate
P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

En estos días en los cuales hemos vivido como un luto en la Iglesia Diocesana de Talca, el Evangelio nos viene a animar la esperanza.
Seguimos recibiendo noticias que nos entristecen y que tienen que ver con los abusos sexuales por parte de clérigos a menores de edad. Esas son situaciones que le duelen profundamente a quienes somos personas que han descubierto su vocación como un llamado del Señor para acompañar, principalmente a los que se sienten solos en el camino de la vida y que como buenos pastores los podamos llevar a los campos tranquilos y a las aguas frescas donde sientan que pueden reparar las fuerzas. Muchos han creído en nosotros los sacerdotes porque dentro de nuestra labor está la de sanar. Cuantas personas han abierto su corazón para contarnos su historia llena de situaciones dolorosas, algunas vergonzosas, pero han tenido la delicadeza y nos han hecho el regalo de conocerlas, para que al mirarla con los ojos de Dios se vean sanadas y puedan comenzar otra vez a vivir como personas dignas. Hemos recibido la confesión de personas que han vivido situaciones de pobreza extrema que ameritaban una ayuda material para poder alimentarse un día de invierno o abrigo para proteger a sus hijos. Hemos sido personas que han acercado el rostro paterno y materno de Dios para que puedan seguir creciendo y no con el interés siquiera cercano de “reclutarlos” dentro de las tareas pastorales que muchas veces tenemos. La invitación de Jesús ha sido para que gratuitamente, por puro cariño reciban los bienes que tiene preparados para nosotros el Señor de la vida. Hemos sido en muchas situaciones más signo de muerte que de vida porque no hemos atendido con caridad, o no hemos sabido respetar el dolor de aquellos que han sentido heridas en su cuerpo y en su alma.
El evangelio de hoy nos invita a contemplar el signo de la resurrección de una niña que era, seguramente los ojos de sus padres. Era su alegría y la esperanza de la vida que continuaría presente a través de ella en el mundo. Esa niña murió de alguna grave enfermedad.
La mirada de los sufrientes busca en todos los rincones alguien o algo a qué aferrarse y se encuentran con Jesús. El hombre que recorría los pueblos de todo Israel para contarles que su Dios era el que venía a renovar la vida de los hombres. A sanar las dolencias y a liberar a los cautivos. En esos ojos centran su mirada y desde esos ojos brota el diálogo y la escucha que se transforma en respuesta concreta de ir donde esta la enferma que había muerto y con autoridad y convicción les anuncia que solo estaba dormida. Y la hace levantar.
Eso nos lleva a que en estos tiempos podamos mirar a Jesús, como lo hace Jairo. Que podamos de tal manera confiar en él que superemos esta realidad de muerte, de dolor, de enfermedad del espíritu.
Nuestra vuelta hacia Jesús, nuestra confianza en él, estoy seguro de que sanará la vida de todos los hombres y mujeres, sanará la vida de nuestra iglesia. Para que sea también testimonio de lo que ha sido invitada a vivir. Rostro de Cristo para los hombres y mujeres de todos los tiempos.