Jueves, 18 de Octubre de 2018
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Opinión

No creo, aunque lo quisiera

Ignacio Cárdenas Squella

Periodista

En el último tiempo y en las últimas semanas hemos leído y visto abundante información por el caso que afecta a la iglesia católica y a las celebraciones, conmemoraciones, recuerdos o como se le quiera llamar, por un nuevo aniversario del triunfo del NO. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?, probablemente no se tocan de manera directa pero la realidad de quien tiene el control del poder las une.
Para nadie será sorpresa constatar que el pontificado ha estado por siglos y siglos ligado al poder y lo ha manejado o influido de manera evidente en concomitancia con los imperios y reinos de occidente. Seguramente, el destape que hoy se ha conocido por el mundo es un continuo que ha sucedido por siempre pero que hoy, con el poder y la acuciosidad de las comunicaciones, se ha podido inevitablemente conocer. Pero el pasado ocasiona costumbre y, por lo mismo, es la manera de explicar el por qué las jerarquías eclesiásticas han intentado -por suerte sin éxito- de encubrir las atrocidades conocidas. Ha primado, desgraciadamente, la humana mala reacción por sobre el mandato de su Evangelio, lo que -junto con dejar muy mal parado el poder de su Dios al que le oran diariamente multitudes de creyentes clamando por su bondad y redención- mueve a pensar que su fe es vana y siembra la duda en la sinceridad de las declaraciones que quieren mostrar arrepentimiento y decisión de terminar con tal lacra y lavar efectivamente el pecado. Esta vez su innegable poder no ha sido suficiente para ocultar y proteger al que no lo merece y necesita. El uso del poder sin control -y autocontrol- deriva inevitablemente en abusos. Pero el poder atrae más que la divinidad y mucho más que las creencias.
En la segunda incerteza, tenemos el caso de los tantos que han aparecido -como consecuencia del paso del tiempo y las evidencias que ya no se pueden ocultar- afirmando que votaron por el NO. No hay cómo demostrar que no sea efectivo y si ellos, por vergüenza o simple contrición así lo declaran, hay que respetarlo y asignarle algún valor. Pero hay actitudes que me mueven a la duda en que tal arrepentimiento sea sincero. Aunque puede ser osada mi afirmación, tiendo a pensar que si Pinochet bajara en cuerpo y alma -o ascendiera como parece más realista- habría muchos que quedarían sin aliento de la emoción y deseos de agasajarlo. Dudo que sólo serían el 17% que hoy declara que votaría por el sí. Estarían los de esa derecha que cuando ostenta el poder (ciertamente en las dictaduras de izquierda también ha sucedido) es la fuerza el arma recurrente para acallar a los disidentes; estarían los adoradores de Fujimori, de las dictaduras de argentina; estarían los cómplices silenciosos de Franco o de Stroessner; estarían los que hoy padecen de éxtasis por el posible triunfo de Bolsonaro…y la lista puede ser eterna, tan eterna como la debilidad humana. Demasiados ejemplos de la historia lo demuestran como para reunir razones para dudar. Por fortuna, hay una persona que ha tenido la valentía de decir que hoy, sí, hoy mismo, votaría nuevamente por el SÍ. Esa presidenta de partido ha recurrido a su particular honradez para decir que nada importaron los atropellos a los derechos humanos y desear que su admirado dictador, asesino y ladrón -¿alguna duda?- siguiera gobernando por más tiempo. ¿Sigue todavía presidiendo su partido, algún reclamo por ello de la coalición, alguien pidió su expulsión o renuncia, la ministra vocera ha dicho algo?
Son estas miradas tan contradictorias ya sean de la santidad eclesiástica o de terrenales gobernantes y “clase” política los que me mueven a la duda, aunque prefiriera tener certezas de lo contrario. De verdad.

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