No llores por mí Argentina

16 Agosto   671   Opinión   Rodolfo Schmal S.
Columnista Diario El Centro Rodolfo Schmal S.
Rodolfo Schmal S.

Difícil resulta sustraerse a lo ocurrido en las últimas elecciones primarias presidenciales efectuadas en Argentina destinadas a definir los candidatos de cada una de las coaliciones políticas. Si bien estaba cantado quienes ganarían en cada una de estas coaliciones, la contienda electoral serviría para medir fuerzas, ver cómo viene la mano. Y así fue.


Si bien competían más de media docena de coaliciones, la atención estaba centrada en la votación que obtendrían la coalición oficialista, Juntos por el Cambio liderada por Macri, el actual presidente; la coalición opositora, Frente de Todos, encabezada por Alberto Fernández, quien fuera jefe de gabinete en el gobierno de Kirchner; y Roberto Lavagna, candidato de la coalición Consenso Federal. Esta última buscó romper la creciente polarización entre las dos primeras coaliciones embarcadas en una lucha frontal centrada en el eje peronismo-antiperonismo.
Para introducir una cuña en el peronismo, Macri se hizo acompañar como candidato a la vicepresidencia a un peronista moderado, en tanto que la candidata natural del peronismo, Cristina Fernández, en una jugada estratégica magistral, decidió dar un paso al costado, ofreciendo a Alberto Fernández, con quien ha tenido desavenencias no menores, que encabezara el Frente de Todos, relegándose ella como candidata a la vicepresidencia. Para sorpresa de no pocos, Alberto Fernández aceptó la oferta.
Los resultados de la elección fueron contundentes, echando por tierra todos los vaticinios de las empresas encuestadoras. El triunfo de la dupla peronista sobre la oficialista, antiperonista, fue por paliza, bordeando el peronismo el 50% con una ventaja sobre los 15 puntos a la dupla encabezada por Macri.
Ni las dictaduras militares, todas antiperonistas, han podido doblegar a un peronismo que puede pasar por altibajos, pero que resucita una y otra vez. Cuál es la receta? La desconozco. El peronismo parece ser como una ameba, que se amolda según la ocasión, que no encuentra parangón en ningún otro país. Si bien en sus inicios tuvo una ideología más o menos definida, a lo largo de su existencia ha logrado que se identifiquen con él, desde la izquierda montonera hasta la derecha neoliberal en tiempos de Menem.
El peronismo parece conservar la manija, seguir teniendo el sartén por el mango. Desde el advenimiento de la democracia en Argentina, los gobiernos no peronistas, el de Alfonsín y De la Rúa, no fueron capaces de terminar en el período constitucional para el cual fueron elegidos.


No obstante lo expuesto, si bien para las elecciones de octubre está todo dado para que gane el Frente de Todos, no se puede cantar victoria antes de tiempo. Se ha jugado un primer tiempo, pero falta el segundo. La ventaja parece irremontable, pero en política sabemos que todo es reversible.
Macri centró sus dardos en la corrupción olvidando dos cosas. Una, que la corrupción no es un elemento diferenciador porque la ciudadanía asume que todos están corruptos; y dos, que hay que gobernar pensando en la gente antes que en el FMI. Los argentinos están cansados de los préstamos del FMI que ellos no ven, pero que si ven que siempre deben terminar pagando. Esa es la madre del cordero. Quieren que se gobierne para ellos, no para el “mercado”, esto es, para los banqueros.
Aunque a destiempo, en forma forzada, ahora parece estar entendiéndolo. ¿Le alcanzará para ganar en octubre? Ya lo sabremos.