“No seas incrédulo, sino hombre de fe” Segundo domingo de Pascua. Juan 20, 19-31.

28 Abril   371   Opinión   P. Luis Alarcón Escárate
Columnista Diario El Centro P. Luis Alarcón Escárate
P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

“Al atardecer del tercer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: <<¡La paz esté con ustedes!>>. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: <<¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes>>. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: <<Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan>>. Tomás, uno de los Doce, de sobre nombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: <<¡Hemos visto al Señor!>>. Él les respondió: <<Si no veo la marca de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré>>. Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: <<¡La paz esté con ustedes!>>. Luego dijo a Tomás: <<Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe>>. Tomás respondió: <<¡Señor mío y Dios mío!>>. Jesús le dijo: <<Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!>>. Jesús realizó además muchos otros signos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre”.
El evangelio que hoy recibimos nos muestra a una comunidad de discípulos asustada y encerrada por temor a los judíos. Es la experiencia de quienes han sufrido un trauma muy grande. Han sido marcados por el dolor de ver a su maestro arrestado y torturado de una manera cruel y que ha culminado con la muerte en la cruz, condena vergonzosa y destinada a los delincuentes más peligrosos.
Dentro de la experiencia comunitaria se vive el duelo y dentro de esa misma comunidad se experimenta la presencia nueva de Jesucristo que aparece poniéndose al medio de ellos y los saluda con la frase característica del Resucitado: ¡La paz esté con ustedes! Es la comunidad la que conserva y sostiene la fe de cada uno de los que la forman. Incluso hoy, vemos a Tomás, el que no estaba en la primera aparición del Señor, y que tiene un encuentro que ya no se le olvidará jamás. Ha puesto sus dedos y sus manos en las heridas y en la llaga del costado. En la comunidad se le presenta un encuentro renovador, y que no solo le sostendrá en el tiempo del duelo sino que será una palabra que resonará toda su vida, hasta morir por Cristo.
De esto hablábamos en el tiempo de Cuaresma cuando se invitaba a tener en la oración, en el ayuno, en la misericordia, la solidaridad y en la vida cristiana un proceso que nos moviera a un encuentro con Jesús. Porque los cristianos no vivimos de ritos religiosos, de cumplimiento ciego de mandamientos que no te liberan sino que terminan esclavizándote más, como lo ha sido la ley para los fariseos.
Los amigos de Jesús al recordarlo cada día tienen presente sus palabras que hablan de amor, sus gestos que muestran la entrega radical en la muerte, y una muerte de cruz, y lo reconocen cada día en los hombres y mujeres que conservan su recuerdo viviendo igual como él lo hizo en una opción libre y madura.
Para Tomás, la comunidad significó el encuentro con el Señor Resucitado y eso le trajo la paz que dura para siempre.