Orden justo

20 Enero   577   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Es habitual hoy escuchar de autoridades y grupos empresariales de diferentes sectores, que el “orden” en el país es lo que todo gobierno debe garantizar y cautelar. El orden, se dice, implica respeto y que no haya alteración en los espacios públicos…; orden que mantenga y respete las estructuras establecidas, así como las disposiciones para tutelar los privilegios del estatus quo, ya en el poder político, económico o en el social y cultural.
El orden se concibe, entonces, como lo que está adquirido por la herencia y las situaciones de prerrogativas que se trasfieren de generación en generación. Orden es lo que las actuales condiciones económicas de los grupos financieros han dado a la sociedad chilena...; orden, además, es lo establecido en la constitución y las leyes, lo preceptuado en los códigos religiosos. Asimismo, este orden se lo entiende jerárquicamente: la cultura, es únicamente para la élite, que inspira y dirige, en cambio, el bajo pueblo, la sociedad en su conjunto, se nutre de expresiones más degradadas…
A lo señalado hay que responder lo siguiente: no puede darse por sentado que el llamado “orden” sea el que haya que preservar. (A veces será necesario subvertir). Y esto, por lo siguiente: ¿es cierto que el orden tan afanosamente defendido por políticos y poderosos, es el verdadero orden justo, que corresponde a una república democrática? ¿No hay acaso todavía condiciones degradantes en el actual orden de cosas?
Con esto, queda en evidencia que son muchas y evidentes las situaciones invocadas como orden, a las cuales no corresponde indicarlas como tales. Obedece a defensa de intereses. Son en sí misma perpetuación de injusticias institucionalizadas. Más bien, ese “orden”, es un desorden, porque no obedece a orden justo alguno y no hace más perpetuar situaciones de injusticia y opresión, marginalidad y abandono, privación de derechos fundamentales, etc.
Por lo dicho, cada vez que se invoca la necesidad de imponer el orden o preservarlo aquí o allá en la nación, me salta la interrogante siguiente: ¿de qué orden estamos hablando? ¿Nos empeñamos en el país por darle una orden más justo y fraterno, más integrador y democrático, velando por el bien común?
Los que detentan el poder y los privilegios en todas sus formas, ni imaginan las situaciones de marginalidad y de injusticias padecidas por muchos a causa de los órdenes imperantes, todos los cuales, causan indignación e impotencia. Por eso, nunca será suficiente seguir esforzándose por una sociedad que dé cuenta de un auténtico orden justo, es decir, que reconozca a cada uno su dignidad y derechos y pueda cada hombre y mujer, ejercitarlos con libertad.