Miércoles, 21 de Noviembre de 2018
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Opinión

Palabra y sentido

Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Aristóteles sentenció con proverbial agudeza en el libro “Política”, que “el hombre es el único animal que tiene palabra”. Con los demás animales, comparte en emitir voz. Pero, los animales, lo hacen respecto de lo agradable y de lo dañino. En cambio, por la palabra, el hombre atiende a la voz que posee sonidos con significados: a lo bueno y lo malo, a lo justo e injusto. Es decir: discierne acerca del sentido.

La palabra, pues, nos adentra en una comunicación más amplia con los otros. Puede decirse que en la palabra tenemos “nuestra morada”.

Pues entramos al mundo de la palabra desde que nacemos. Mientras guagüita, pronunciamos sonidos que indican placer o dolor. Allí, nuestros padres y educadores nos recibieron con la palabra viva y cariñosa, abriéndonos al mundo, revelando las formas, las cosas y los seres. Fuimos así poco a poco, apropiándonos de las palabras portadoras de sentido, de voces significantes por las cuales nombramos deseos, ideas, sueños.

Puesto que únicamente el hombre tiene palabra, puede convivir y compartir. Convive y comparte en la comunidad de la palabra que vincula. Por eso la palabra permite crear lazos de amistad; como también por la palabra se hacen negocios y se gobierna al país. Ahora bien, ¿no son las palabras memoria de voces que resuenan y proceden de fuentes históricas remotas, las que apenas podemos adivinar? Es que habitamos en el universo de la palabra y por ella manifestamos lo que somos y queremos.

La comunicación en la palabra puede ser cada vez mejor. Y lo es, allí donde la palabra es confiable y transparente. Por eso decimos: ¡tu palabra vale oro! Estamos, entonces, en la trascendencia de la palabra empeñada. Palabra que rompe la caducidad temporal y cambiante de los estamos anímicos o intereses egoístas. Que compromete lo que libremente se ha decidido u optado. Porque la palabra dicha con verdad permanece…

Ahora bien, no debemos olvidar que la palabra está expuesta al deterioro, al engaño o la ambigüedad. Ahí están las palabras vacías y tendenciosas. No tienen el significado que de suyo entrañan, porque las gastamos, y las mal usamos,  según el acomodo o la oportunidad.

Hay que rescatar a la palabra en medio de tanta palabrería que hoy confunde los ánimos, debilita el sentir y empobrece al pensamiento. La palabra clara ilumina el camino y consuela al corazón humano en tiempos de aflicción. Toda palabra que viene de la verdad es creíble. En cambio, la mentira, estropea la confiabilidad de la palabra amada y sencilla.

Volvamos a la palabra que funda todas las palabras: es la Palabra íntegra y divina. Pura palabra eterna, de donde procede todo sentido.

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