Miércoles, 21 de Noviembre de 2018
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Opinión

Palma Salamanca

Ervin Castillo A.

Fundación Talca

En relación al otorgamiento del asilo político en Francia por una institución del país galo al ex frentista Ricardo Palma Salamanca, autor material del asesinato del Senador de la República, Jaime Guzmán Errázuriz, diversas han sido las voces que se han referido a la coyuntura, que por cierto, desde el inicio resulta ser una arista controvertida y especial, por cuanto significó el primer homicidio político de un Senador en democracia, aún más considerando el régimen de transición que vivía el país allá por el año 1991. Pero, más allá de las consideraciones jurídicas en torno a esta decisión de la Oficina de Protección a Refugiados y Apátridas (entidad en el papel autónoma), ha significado particularmente relevante el análisis político en torno a la decisión aquí señalada.
Resulta decadente, pero tristemente no sorprendente, el surgimiento de discursos que vienen a justificar lo emanado por esta oficina francesa, pero insisto, no por las consideraciones jurídicas o por la vulneración al estado de derecho chileno al estar Palma Salamanca condenado por crimen cometido en Chile, sino más bien, por el compromiso que esto representa con una cultura de violencia y terrorismo político, que quisiéramos alejar de nuestra vida cívica. La justificación de la violencia como método legítimo de expresión política, delata el desinterés de diversos sectores de nuestro país, en el sentido de ir sanando heridas del pasado, sin asumir las múltiples responsabilidades de los distintos actores políticos que en su minuto, contribuyeron para el triste quiebre democrático, y aún más, demuestran que dichas heridas no solo están lejos de cerrarse, sino que siguen estando vivas, difundiendo el odio y una falsa sensación de venganza y justicia.


Los demócratas, debemos esperar lo que pueda salir de resultado en torno a la solicitud de extradición, pero sobre todo, comprometernos con un nunca más en el país, aduciendo en todo momento que no es aceptable que se cometan delitos de esta envergadura, que hacen vulnerar todo nuestro ordenamiento jurídico, social y político, y nos dicen que a pesar de tantas cosas, hay un Chile que se resiste a olvidar heridas de violencia que no es sano mantener abiertas. Para una reconciliación, se debe empatizar con todas las víctimas, sin importar sus colores políticos, ni su grado de influencia, porque más que haber asesinado esa tarde del 1 de abril de 1991 a un Senador de manera cruel y sangrienta, se acribilló a un ser humano que, con sus luces y sombras como todos, intentó siempre aportar a la vida política del país. Que algún día, las heridas puedan sanar, y la fuerza de las ideas y convicciones de los demócratas, puedan arrastrar a ese umbral a quienes aún buscan “hacer justicia” pero en aras de la violencia y la intolerancia.

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