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Opinión

Pan de vida; Bebida de Salvación Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Juan 6, 51-58.

P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

“Jesús dijo a los judíos: ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo’. Los judíos discutían entre sí, diciendo: ‘¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?’. Jesús les respondió: ‘Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.

 

Esta solemnidad conocida como Corpus Christi, nos sigue hablando del inmenso don del amor que Dios ha tenido con sus amigos y que los hace partícipes de lo más íntimo: su propia vida, su propio cuerpo. Para muchos que no conocían a los seguidores de Jesús les parecía un acto brutal de antropofagia y por esa razón eran perseguidos.

 

Para los nuevos discípulos, en cambio, era un momento de encuentro con aquellos que habían compartido toda la vida con Jesús y que habían recibido de él la enseñanza y el legado de repetir este gesto por todos los siglos de la historia, porque el compartir el pan y el vino era obtener su misma vida. En el hecho de comer uno se convierte en cierto modo en aquello que ha ingerido, que se ha hecho uno consigo mismo. La cena eucarística es, por lo tanto, un acontecimiento no solo recordatorio sino que un momento de memoria, de hacer vivo nuevamente el sacrificio de Cristo para que perdure por siempre la intención de Dios de acompañar a los hombres hacia la vida plena y verdadera.

 

Lo hemos dicho en comentarios anteriores: una cena es un encuentro con los más queridos, con aquellos que más confianza tengo. No se invita a cenar a un desconocido así como así. En este caso la cena tiene como objetivo transmitir algo más que pura amistad. Es una nueva pascua, no es la Pascua judía, en la cual hay signos ya prescritos y una comida definida; además, Jesús, fue crucificado antes de la gran Fiesta Judía y bajado de la cruz para no entorpecer ese momento a los que la vivían. Por lo tanto hay aquí un momento muy consciente de Jesús de traspasar algo esencial a quienes serían sus herederos espirituales. Les enseña el servicio humilde de hacerse el último lavando los pies; luego les habla largamente acerca del amor que deben tener los unos por los otros y los llama amigos no servidores como nos dirá San Juan en su evangelio y finalmente realiza este gesto de partir el pan, bendecirlo y entregarlo, un pan que se reparte y que es su propio cuerpo para la vida del mundo. No es un gesto de altruismo solamente sino que es un sacrificio verdadero que quedará sellado luego en la cruz. La sangre de Cristo derramada por todos, nos asegura que hemos sido purificados de una vez para siempre. Es un gesto eficaz, no es algo que significa sino que es algo que realiza hoy la salvación de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

 

Para todos los que vivimos la eucaristía diaria, el cuerpo y la sangre de Cristo es un alimento de cada día. No es simple rutina religiosa. Es el compromiso permanente con hacer vida aquello que Jesús nos ha transmitido y que queda grabado en la mente y en el corazón de los discípulos que ahora ya no actúan por pura simpatía hacia su maestro, sino que lo hacen porque se han hecho otros Cristo. Su testimonio verdadero hace que este pan y este vino alcance a todas las realidades humanas. Una Eucaristía bien vivida se extiende a todos los momentos de la vida de las personas. San Alberto Hurtado decía “la misa es mi vida y mi vida es una misa prolongada”; porque el cuerpo y la sangre de Cristo ahora se actualizan en cada uno para la construcción del Reino de Dios.

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