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Opinión

“Paz a vosotros” Segundo domingo de Pascua. Juan 20, 19-31.

P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

Estamos viviendo el tiempo litúrgico pascual que se distingue por la alegría que se ha despertado desde la celebración de la Vigilia Pascual en adelante, con el canto de Gloria y con el toque de campanas, el color de este tiempo es el blanco en el ornamento de los ministros.

El evangelio de este domingo nos presenta el pasaje donde los discípulos están encerrados por temor a los judíos. Son muchos los miedos que nos llevan a encerrarnos y no solo en piezas como los apóstoles sino que a veces en nosotros mismos, en nuestro interior. Nos cerramos a que nos conozcan, nos aterra saber que hay situaciones con las cuales vivimos y que nos da miedo revelar: un complejo, una situación que consideramos vergonzosa, alguna pelea familiar ridícula, una falla en el trabajo que hizo que nos despidieran y no queremos revelar y le echamos la culpa a los otros.

En este caso hay miedo a los judíos porque nos pueden tomar presos igual que a Jesús y no tenemos el valor de enfrentar la cruz. Y una nueva mirada les brota al contemplar las llagas de Cristo, él no las esconde sino que las exhibe como pruebas de un triunfo. La misericordia del Padre se manifiesta en esa debilidad, no en la fortaleza ni en el poder.

Vemos a Jesús ponerse en medio de ellos y pronunciar su saludo de resucitado: “Paz a vosotros”. Un encuentro que les permite reencontrarse con ellos y saber que su miedo no tiene valor porque todo ha sido vencido. La presencia de Jesús les asegura que nada tiene poder sobre ellos. Les devuelve la paz y la esperanza, los deseos de vivir. Les despierta el deseo de salir y darlo a conocer porque el Espíritu de Jesús que cada uno recibe les infunde esa fuerza y convicción.

El encuentro con las llagas del Señor los hace conscientes de que su labor evangelizadora tiene ahí su mayor sentido, porque se hacen comunicadores de la misericordia del Padre que han experimentado en el Hijo, y con la fuerza del Espíritu podrán ser los que liberen a los cautivos, perdonen a los pecadores. Solo darán lo que han recibido. Y de eso se trata la paz. De mirarse con cariño y respeto. Como nos mira el Señor Resucitado, que sabe de nuestras dudas y aprensiones y nos libera acercando sus llagas y su costado abierto.

Vemos en este texto a un personaje importante, a Tomás, el apóstol que desconfía. No le veo mala intención, sino que es alguien de este tiempo, que necesita responderse bien. Sobre todo hoy, tiene infinitas propuestas religiosas para su vida. Sabe hacia dónde mirar y cuando se encuentra con las llagas de Jesús, le brota el grito de fe: Mi Señor y mi Dios. De ahora en adelante nadie le hará dudar porque el mismo se ha cerciorado de esas llagas y ha comprendido lo que significa. De ahora en adelante será un incansable discípulo misionero de Jesucristo.

Cada uno en su vida y en su comunidad puede reflexionar y descubrir dónde se nos presentan todavía esas llagas del Señor que nos llaman a reconocerlo, son muchos los que padecen enfermedad, cesantía, violencia, son migrantes, excluidos y marginados de la sociedad. Son Cristo que con su presencia nos invita a la paz. Paz que no se logra escondiendo las heridas, sino que haciéndolas presente para que sanen. Nuestra vida pastoral nos mueve al servicio por la paz. Nos mueve a ser el Cristo que alegra a quienes estaban asustados y escondidos. Nos mueve a salir, a ser el rostro amable que comunica reino.

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