Privilegios odiosos

08 Julio 2018   1685   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Entre las acepciones que la Real Academia de la Lengua otorga al vocablo “privilegio”, está uno que hace un especial sentido para estos tiempos que corren. Se trata del llamado “privilegio odioso”, cuya característica es que “perjudica a un tercero”. De suyo el privilegio es una exención de obligaciones, “una ventaja exclusiva o especial –dice la RAE- que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia”.
En la vida social, política, económica, cultural y religiosa, es innegable que nos encontramos en Chile, a menudo, con variados “privilegios”, unos más visibles que otros. Por múltiples motivos, el privilegiado no posee las cargas de responsabilidades del común de los mortales. Hay, desde luego, privilegios que son atendibles y necesarios, en razón del cargo o servicio público que presta y que están concedidos por la ley o la constitución.
Uno de los privilegios que están a la vista, son dados “por determinada circunstancia propia”. ¿Qué significa esto? El privilegio de haber tenido acceso a una educación que está por sobre lo común, es uno de ellos. Los privilegios que otorga, por ejemplo, la condición económica y el poder confiriendo influencia. El privilegiado, mira hacia los otros desde lejos o como desde arriba. El privilegiado ignora, muchas veces, lo que es vivir sin privilegios y al margen. A él se abren las puertas, es invitado a los salones, recibe reconocimientos, hace incluso alarde de contribuir en algunas obras de beneficencia...
Aclaremos, con todo, que hay privilegiados conscientes de su condición de tal, y que se han hecho servidores de los demás, con marcada consciencia de la justicia y el deber que da el mismo privilegio, el que consiste en aportar al bien común y al desarrollo que dignifica al cuerpo social.
Pero, de lo que estamos hablando aquí, es del “privilegio odioso”, que lo vemos día a día. Es la corrupción misma de la sociedad. Cuando el cohecho y el soborno son delitos con penas exiguas en la ley; y más todavía, los delitos tributarios, dejan de imputarse mediante artilugios, nos vemos en presencia de un “privilegio odioso”, que, como varios en nuestro país, hacen daño en forma permanente. Las instituciones en Chile “funcionan”, para proteger privilegios y alejar a todo aquellos que pongan en alerta esta grave cuestión, que genera más inequidades y produce injusticias ofensivas para la gran población.
El privilegio odioso de los “delitos de cuello y corbata”, por los daños que causa a terceros y el país, suscita una legítima indignación; no es más que el reproche de la conciencia; es un delicado sentido de la justicia que el pueblo posee y que siente atropellado por estos hechos denigrantes.