Republicano y demócrata

14 Marzo 2018   1148   Opinión   Ignacio Cárdenas Squella
Columnista Diario El Centro Ignacio Cárdenas Squella
Ignacio Cárdenas Squella

Periodista

Con el término del gobierno de la presidenta Bachelet y el inicio del nuevo mandato del presidente Piñera, sin duda los deseos y la mirada hacia el futuro de Chile son diversos. Un estimado amigo me dijo que estaba feliz del término del gobierno y, por cierto, feliz con el que empezaba. Perfectamente aceptable, pero agregó que la presidenta Bachelet no fue nunca su presidenta lo que me llamó a reflexionar y a responderle que, en mi caso, no siendo afín a la línea política de Chile Vamos, Sebastián Piñera era igual mi presidente.
Creo que ese matiz tiene relevancia en el éxito de los países. Es plenamente legítimo que los sectores de oposición aspiren a recuperar el gobierno en cuatro años más: la misión de los partidos es llegar al poder y así implementar las medidas que sus convicciones y programas les parecen los más adecuados para el bienestar de los ciudadanos.
Pero ¿no hay límite en ese afán? Claramente sí lo hay. Ya vemos como hasta los sectores más de izquierda han declarado su disposición a apoyar los proyectos del nuevo gobierno que les sean coincidentes con sus aspiraciones; a no dudar, serán a la vez férrea oposición cuando tales iniciativas jueguen en contra de sus creencias respecto del bien de Chile.
Una postura que parece perfectamente legítima y republicana y que, lo es tal también, porque se acepta al presidente como propio en cuanto mandatado y mandatario de la decisión popular, es decir, simple democracia. En los “sucios” pensamientos de cualquier oposición puede estar latente el deseo de fracaso para el oficialismo, pero tan interesada y mezquina aspiración (indudablemente contraria al beneficio del país) no será declarada o desembozada.
Decir la obviedad que lo mejor para Chile es que sus gobiernos sean exitosos suena angelical, hasta simplón, pero aunque no nos guste es lo real; los profesionales de la política lo declaran sin desparpajo. Ojalá que de ese dicho al hecho no exista distancia pero la santidad es un atributo poco frecuente en los que su acción partidaria se corona con el acceso al poder.
Así, lo que cabe esperar es el máximo de compostura de esas huestes (hoy todos muy declaradamente republicanos y demócratas) cuando el fragor de sus contiendas los enfrente. Así como el actual oficialismo con la presidenta saliente y su gobierno no tuvo conmiseración alguna llegando tantas veces al invento descarado y hasta la injuria en su propósito de recuperar el poder, es deseable que la actual oposición tenga más presente que son las ideas y siempre la verdad, los mejores aliados para esos fines.
Muy probablemente los “matices” del crecimiento económico, modernización del Estado y otras iniciativas que golpean el bolsillo de la clase media (la muy mayoritaria clase de Chile) serán éxitosos en el gobierno actual, sin embargo, uno de los legados indiscutibles de Bachelet (y la Concertación) es haber logrado el nacimiento de alguna derecha a la que no le resbalan los problemas sociales. Así las cosas, es muy posible que también es este ámbito sucedan avances que hagan más difícil el contraste de oposición y oficialismo en cuanto a la mirada respecto del tipo de sociedad a la que se aspira.
Nada fácil, por todo, la tarea para llegar a la Moneda nuevamente pero, sin duda, unir tal legítima aspiración al decoro y los modales republicanos, parece mejor consejero que la guerra sucia. También por Chile.