Miércoles, 26 de Septiembre de 2018
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Cielos nubosos con lluvia debil

Opinión

Respeto a la vida

Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Tristes noticias se suceden velozmente y de modo abismante. Entre las que golpean estos últimos días, hay hechos que dan cuenta del desprecio por la vida: horrorosos crímenes entre esposos conmocionan a la opinión pública; las agresiones y los abusos a menores en instituciones y hogares donde deben ser protegidos, son todavía situaciones no resueltas e hirientes; y se repiten llamados a la eutanasia y el aborto libre, dado que la ciencia y la técnica -incluía la manipulación genética-, otorgan posibilidades insospechadas. 

Además, imágenes inquietantes muestra la prensa con rostros de agonía, rabia y protesta, por los intoxicados en la zona, a causa de la contaminación prolongada y creciente de industrias, sin solución aún de largo plazo, lo que genera el repudio de la población en las comunas de Quintero y Punchancaví.
A ello sigue el cuadro dantesco de Maipú, con el humo del incendio de neumáticos de un recinto no autorizado, cuya combustión deteriora más el aire ya bastante descompuesto de Santiago aumentando el riesgo en los habitantes.
A lo dicho deben agregarse tantas circunstancias en que la vida humana, para la sociedad, el estado, el mercado o la política, no posee valor ni significado alguno trascendente, y es tratada únicamente como “cosa” o moneda de cambio.
Ante tales señales, regreso a un hombre cuya existencia regalada a los demás es todo un programa de coherencia y lucha en tiempos de guerra, miseria y dolor. Me refiero a Albert Schweitzer, nacido el 14 de enero de 1875 y fallecido el 4 de septiembre de 1965. Este hombre luminoso, Premio Nobel de la Paz 1952, era músico, pastor, teólogo y médico. Como doctor hizo una labor recia y de coraje. Desde su experiencia formula el siguiente principio: “soy vida que quiere vivir, en medio de vida que quiere vivir”. Consecuente con ello, su proposición filosófica fundamental es el respeto más profundo a la vida. Una auténtica “veneración”, que lo lleva a decir: “El Bien es mantener la vida, propiciarla y desarrollarla. El Mal es destruir vida, inhibirla o negarla”.
Estas convicciones tienen plena actualidad para las horas que vivimos. La vida humana, en efecto, sufre muchas amenazas a su integridad. Mantener, propiciar y desarrollar la vida, es ahora muy difícil. Vemos cómo la destrucción y la negación de ella, se impone como bandera de progreso y libertad. Pero esas opciones son destructivas de todas las manifestaciones de vida en el planeta. Se entiende, entonces, que Schweitzer nos advierta vigilante: “El gran error de toda ética anterior es creer que debía ocuparse únicamente del comportamiento del hombre con el hombre. Pero el hombre solo es ético cuando el conjunto de la vida le es sagrado”. Así es: ¡la vida humana es sagrada!

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